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El Campello LOCAL

La huella de Rafael Altamira en El Campello

Retrato que le realizo Sorolla

Remedios Delosángeles Climent

La personalidad y obra de Altamira es lo bastante destacada para que una humilde pluma trate de añadir nada más. De él y su obra se han ocupado autoridades en la letras, como Rafael Asín Vergara, José Avia Jover, el mexicano Fernando Serrano Margalló, Victor Tau, Vicente Ramos – Cronista de la Provincia de Alicante- Cerdán Tato – Historiador – Cronista Oficial de Alicante, D. Francisco Moreno Saez, su propia nieta Pilar Altamira García-Tapia y, a día de hoy su biznieto Ignacio Ramos Altamira. No obstante, sea lícito recordar su vínculo con El Campello y los campelleros. En más de un discurso declaró que El Campello con su vivir, sus paisajes y sus episodios eran la fuente inspiradora de sus mejores obras literarias: El tio Prim el de la Tartana, Cuentos de Levante, etc.

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Nació antes de terminar el día, un diez de febrero de 1866, en la calle Cien Fuegos, de Alicante. Hijo de José Altamira Moreno, Músico Mayor del Regimiento de Infantería del Rey numero I, de guarnición en la capital de Alicante, conocido compositor y ciudadano ejemplar. Su madre, Doña Rafaela Crevea Cortés, pertenecía a una familia notabilísima, también de músicos, oriundos de Italia, asentados en Cocentaina. La educación que impartieron a sus hijos, Rafael, Pilar (Nela) y Juana, fue de liberalismo y democracia, si cabe más marcadamente en el varón, a lo que Altamira siempre fue fiel.

Rafael Guillermo Vicente José Miguel, su nombre completo, el tercero, seguramente en honor de su abuelo materno, D.Vicente Crevea Pérez, su padrino y tío,  D.Vicente Crevea Cortés.  La madrina fue su hermana Doña Juana.

Desde pequeño frecuentaba la casa solariega que sus padres poseían en la Pedanía de El Campello y correteaba sus callejuelas y campos con sus amigos del lugar.

Sus escapadas a los Baños de la Reina, donde gustaba bañarse, traían de cabeza a su madre que, en más de una ocasión tenia que enviar a alguien de su confianza en su busca, antes de que llegara su padre, con el consiguiente castigo, por la peligrosidad del mar abierto. Pero los chicos del lugar estaban acostumbrados y eran todos expertos nadadores.

Según versiones orales de amigos de la época, transmitidos por generaciones, fue en una de estas excursiones que la propia doña Rafaela tuvo que cruzar el pueblo hasta bajar al barrio de pescadores y de ahí por la carretera de la playa intentar llegar hasta los baños de la Reina. A mitad camino oyó un griterío, justo a la altura del cementerio parroquial, donde la familia poseía un panteón, y allí encontró a media docena de diablillos correteando entre lapidas y panteones, contando _ según afirmaron- cuantos familiares tenían cada uno, en el otro mundo.

 Rafelet – como todos le llamaban- gustaba contar a sus amigos del pueblo sus andanzas amatorias, enamoramientos de temporada que, algunos marcaban más que otros. Los chicos del lugar, todos excelentes personas, no estaban a la altura de su intelecto y las conversaciones de faldas y excursiones prohibitivas era lo que más les unía. A él le gustaba escuchar a los viejos lobos de mar sus fantásticas historias en busca de buena pesca, por lo que, a veces prefería sentarse en un banco de la plaza, delante de la iglesia de Santa Teresa, donde se solían reunir e incluso remendaban viejas redes para la pesca bajo el sonido de la campana, que señalaba las horas muertas.

En 1882, contando 16 años, tuvo su primer enamoramiento. La joven elegida queda reflejada en la historia como una muchacha rubia, buena estudiante, de su misma edad y de nombre Ángelina.  Su hermana Juana era su paño de lágrimas, pues su relación sentimental no parecía seguir un curso satisfactorio.

En 1883 y estando de vacaciones en su terruño, se entusiasmó de Aurora, una joven nacida en Segorbe que estudiaba piano, leía a Chateaubriand y Daudet. Se conocieron en una librería, pero esta tiene una hermana, Amelia, que no le es indiferente.

Entre idas y venidas conoce a una joven, madrileña, Nieves, que también tiene una hermana, rubia, hermosa y estudiante. Mucho más extrovertida que Nieves que es de conversación agradable, pero demasiado discreta.

Cuando llega al Campello y se reencuentra con su pandilla se muestra ávido de noticias del pueblo y sus gentes y visitar a todo el mundo. Por el contrario, sus amigos están ansiosos de escuchar sus conquistas allá donde va, al margen de los muchos diplomas y demás Lauros, que desde muy joven fue mereciendo.

En la Finca Térol pasó su luna de miel con su joven desposada Pilar Redondo, distinguida, inteligente y discreta, en el recuerdo de cuantos vecinos la trataron, en especial la señora Amelia, la casera, encargada también de cuidar el jardín durante todo el año para cuando llegara su señora.

También fue lugar de encuentro con el pueblo del Campello para recibir las condolencias por la muerte de su padre, que fue enterrado en el panteón familiar de la partida de La Illeta. Un cortejo fúnebre recordado por uno de sus amigos campelleros, Ataulfo Valero Llorens, funcionario del Ayuntamiento, narrado a la abajo firmante en más de una ocasión, como queriendo dejar constancia de que, lo que escribieron muchos autores consagrados y periodistas, él lo vivió en primera persona, tomando apuntes para la posteridad.

Alicante apareció con colgaduras de luto. Toda la Ciudad sin distinción de clases, comercios, centros de enseñanza, estudiantes portadores de coronas de flores, Bandas de Música, Alcalde y Concejales, precedidos de Guardias a caballo. Alicante se unía para rendir homenaje a la memoria de D. José Altamira Moreno, padre del sabio Alicantino, cuyo cadáver iba a ser trasladado desde la ciudad al cementerio parroquial de Campello. A este acto se asoció el Abad de la Colegiata y con él todos los párrocos de la Ciudad. Aquel cortejo fúnebre recorrió las principales calles de la Ciudad, mientras su hijo lloraba de emoción y gratitud.

Al llegar a Campello, el pueblo prorrumpió en aclamaciones, su hijo predilecto de nuevo entre ellos, aunque esta vez por el dolor de la perdida del padre, muchos lo abrazaban y él se dejaba abrazar, eran sus amigos, padres y madres de todos ellos, que no veían al Ilustre Alicantino, sino a Rafelet y querían compartir su dolor.

Después de darle sepultura a su padre, todos se trasladaron a la Plaza de la Iglesia, donde también estaba ubicado el Ayuntamiento, un lugar tan entrañable para D. Rafael, a pocos metros de su casa de recreo, donde recibió una gran ovación. Siendo Alcalde D. Marco Antonio Vaello Galiana.

 En 1933, restablecido de una operación quirúrgica, buscó reposo en este rincón del levante, donde pasó una larga temporada, aprovechando para realizar unas obras de restauración en la casa e instalar en el jardín, bajo la sombra del pino centenario, una escultura alegórica a la Historia (de tamaño natural), obsequio de los profesores argentinos de la Universidad de Buenos Aires (en el año 1909). En la actualidad y según nos confirmó su nieta Doña Pilar Altamira García-Tapia, la escultura luce en los jardines de la casa familiar en Segovia).

La hice colocar bajo la sombra de un pino centenario que en los días de mi infancia paliaba el sol a la hora en que jugaba bajo su fronda. R.A

Aquel mismo año (17 de noviembre de 1933) el Ayuntamiento del Campello, presidido por D. Vicente Payá Mayoll, acuerda dedicar una calle que unía la finca Térol con la Plaza del pueblo. Dos años después y disfrutando de un tiempo sabático regresó de nuevo al Campello, siendo visitado continuamente por relevantes personalidades de la Capital. En una de esas recordadas veladas y después de disfrutar de un ágape, todos se desplazaron hasta la Plaza de la Iglesia: El Alcalde Paya Mallol, y demás autoridades, como D. Francisco Oncina Baeza, principal comerciante de la localidad y su hijo D. Francisco Oncina Segura, Médico Titular, D. Marco Antonio Vaello Galiana, ex Alcalde, D. Luis Such Gregori, Juez de Paz, D. Pedro Gomis Payá, industrial, y un largo etc. Todos ellos acompañados por el pueblo entero y la joven Banda de Música EL AVANCE, que amenizó el acto de homenaje que se le rendía. Desde el balcón del Ayuntamiento D. Rafael pronunció su discurso en nuestra lengua vernácula, e hizo entrega a las autoridades de una maquina de coser para las niñas del colegio y un proyector de películas.(en la actualidad el proyector a sido recuperado por la asociación Museo Historia El Campello: AMHIEC, para que forme parte de la sala temática Rafael Altamira, en el futuro Museo del Municipio, por el cual trabaja dicha asociación.) Un dato curioso es que dicho aparato se hallaba olvidado en el colegio Rafael Altamira y fue el profesor D. Vicente Gomis Payá,( un campellero, que ya nació maestro de escuela) el que tuvo el detalle de guardarlo bajo llave, para que no se perdiera, como tantas otras reliquias, la mayoría expoliadas, que en un futuro próximo enriquecerían el patrimonio cultural.

La biblioteca del despacho, del señor de la casa, guardaba en las estanterías más de diez mil libros, la mayoría obras de arte, innumerables clásicos de todos los tiempos, así como los suyos propios. (A día de hoy la familia se sigue preguntando donde fueron a parar). Hay constancia de que, se hizo donación a la Biblioteca gran cantidad de volúmenes y tenían sospecha de que se habían quemado muchos más, así como había

desaparecido mobiliario, jarrones, cuadros, figuras y demás. En una visita de la familia a Campello, solo se llevaron lo que cabía en el coche: un par de mecedoras y poco más.

Apenas Una década atrás Doña Pilar Altamira García-Tapia, intentó donar al pueblo del Campello, tal y como abría deseado su abuelo, un gran tapiz que representaba la figura de nuestro ilustre vecino, pero la entonces concejal de Cultura, al parecer no estaba enterada de la importancia del personaje. (El Tapiz fue gustosamente aceptado en la Sede de la Universidad, en la Ciudad de Alicante, expuesta en la Sala de Actos que lleva su nombre.

Hace un cuarto de siglo el hombre, en su afán de materialismo y aprovechando el alza en Campello del metro cuadrado de terreno, metió maquina a la emblemática casa, cargándose una parte muy importante de la historia de El Campello.

Sin duda vamos a dejar mucho en el tintero, por otra parte, sobre nuestro Ilustre vecino se han escrito obras, por autoridades en las letras, como hemos manifestado líneas arriba.  Aquí, en este articulo, nos hemos centrado en la huella que dejó en el pueblecito rural del Campello, de apenas dos mil habitantes, que amó de corazón y así lo refleja en su obra literaria, especialmente en “Cuentos de Levante”, inspirados en estos parajes.

 < Desde la carretera que pasa a la izquierda del pueblo, nadie sospecharía que el mar está allí mismo, tocando con la mano. Limitan el horizonte por aquella parte las casas, de un solo piso, blancas y grises, sobre cuyos tejados se levanta el campanario de la Iglesia…Y allá abajo chispea a los rayos del sol la superficie curva del mar, casi siempre sereno, como una aguada de azul y blanco > Líneas entrelazadas del capítulo Marina. Con cuanta precisión describe a Campello, al suyo y al de todos.

La guerra civil Española (1936-39) lo alejó en el exilio, más nunca en el recuerdo. Los que le amaban y al final de sus días pudieron viajar para acompañarle en su ultimo adiós, le llevaron una botella que contenía un puñado de tierra de Alicante, para que le acompañara dentro del féretro, tan lejos de casa.

Don Rafael Altamira nos dejó grandes mensajes:   Las dos bases fundamentales de la paz social son la justicia y lo que llamamos convencionalmente la cultura, es decir, la instrucción y la educación.

R.A ideario pedagógico Madrid 1923                                                                       

 … Y, aquí volverán a hablar de un alicantino que no ha dejado de sentirse tal y no quiere más que ocasiones, cada día más grandes, de poder unir de una manera concreta actos de su vida al porvenir, al engrandecimiento, al futuro de Alicante, que yo veo cada vez más grande, con una grandeza que llega a sobrepasar todos los ensueños que yo he tenido sobre mi tierra.

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