De pueblo a ciudad y de ciudad a barrio

Artículo de Fernando Monllor Lillo y Domingo Martínez Verdú

La administración municipal, por su cercanía, es quizá la que más afecta a la vida diaria del ciudadano. Cuando después de una elecciones se conforma una nueva Corporación, se tiene la esperanza de que se conservará lo bueno conseguido hasta ese momento y se seguirá mejorando la calidad de vida de los habitantes de la ciudad. Sin embargo, en los últimos seis años está ocurriendo todo lo contrario en San Vicente del Raspeig, en especial, desde las elecciones de 2019 con el PSOE y EU al frente del Ayuntamiento. Nuestra ciudad está siendo gobernada por un equipo inoperante, que ha hecho dejación de sus funciones y cuya falta de capacidad de gestión es manifiesta, y no nos referimos con ello solo a que alguno de los concejales hayan renunciado, a que otros estén pendientes de la justicia, alcalde incluido, o a que algún funcionario haya abandonado el Ayuntamiento para trasladarse a otro lugar.

Nos referimos a la vida diaria, al día a día de los niños, de los jóvenes y de los adultos. En estos últimos años de gobierno no se ha producido ningún avance que podamos considerar de relevancia, como, por ejemplo, la construcción de nuevos centros educativos. Ni un colegio nuevo ni un instituto. Tampoco cuenta en el haber del equipo de gobierno la dotación de mejores infraestructuras culturales como un nuevo auditorio de mayor capacidad. Otro tanto ocurre con las instalaciones deportivas, caracterizadas por una situación precaria para dar servicio a una población como la de San Vicente.

Existen al menos tres circunstancias de gran calado que demuestran la falta de gestión del equipo de gobierno. La primera, la incapacidad para que el municipio reciba inversiones de la Generalitat Valenciana; en segundo lugar, son demasiadas las ocasiones que tienen que renunciar a subvenciones y ayudas económicas porque no llegan a tiempo; y como última, apuntar que los contratos claves para la ciudad finalizan sin haber previsto una solución adecuada para la continuidad del servicio

Muchos otros aspectos, además de los mencionados, ponen de manifiesto el proceso de transformación de ciudad a barrio que está sufriendo San Vicente. Sin querer agotar todos los ejemplos, comenzaremos por señalar que nuestro entorno se está tornando cada vez más molesto y agresivo. En efecto, el ruido cada vez mayor impide el descanso de todos; las largas colas dificultan el acceso o salida del pueblo y la seguridad ciudadana es un problema no resuelto. Los contenedores de la basura son inoperativos, pues apenas se abren al pulsar el pedal; la suciedad de las calles y el abandono del mobiliario urbano es un clamor. Y no digamos para realizar cualquier gestión administrativa en el CIVIC. Los parques infantiles de San Vicente, están poco dotados –basta ver otros municipios–, los aparatos de juego deteriorados como demuestran las fotografías que hemos recabado, y, cuidado, hay que ir ojo avizor para que las niñas y los niños no pisen las cacas de perros en los paseos, parques y jardines. El césped de las zonas verdes está seco como puede verse en muchos lugares del municipio. Resulta patente la falta de alumbrado en calles, plazas, cruces, fuentes, zonas oscuras por doquier. Lastimosa fue la tala de los árboles de la piscina. Las múltiples fotografías que de todo ello hemos ido tomando darían para una exposición que mostraría el desaguisado que están haciendo con nuestra ciudad.

No menos lamentable es la falta de personal en los servicios sociales, la inseguridad en que realizan su trabajo y la ineficaz forma de gestionar las viviendas sociales. En cuanto a la gestión cultural es quizá de las más desafortunadas que se recuerda en mucho tiempo. Basta ver la pobreza en la programación o hablar con las entidades culturales y musicales: el apoyo que se les presta es prácticamente nulo. En particular, nos llama la atención la falta de iluminación de las esculturas y monumentos. Como los tres dedicados a la mujer: el situado en la Plaza del Pilar (autor Novella); el de la mujer bordadora, en la calle Mayor (autor V. Ferrero); o el de la Dona Lluna Parque Huerto Lo Torrent (autor Saülo Mercader). El monumento a la música, en la calle General Prim (autor V. Ferrero), o la estatua de Quevedo, en la Plaza de Quevedo.

Teniendo en cuenta estos hechos y otros muchos que por falta de espacio no podemos enumerar, nos preguntamos cómo ha sido gestionado el presupuesto municipal con el fin de mejorar el día a día de la ciudad y sus vecinos. No tenemos respuesta. Por el contrario, sí conocemos situaciones que consideramos de despilfarro, como la sustitución, con la complicidad del PP, del escudo heráldico oficial por un vejatorio emblema, cuya elaboración, además de suponer un coste desorbitado ha incurrido en presuntas irregularidades. El alcalde y la concejalía de Hacienda, en un ejercicio democrático, deberían dar a conocer cuanto está costando y, especialmente, a nombre de quién está la factura. Pero esto no es todo, lo grave es el reemplazo del escudo oficial por el emblema en asuntos oficiales como bandos o vados, lo cual contraviene el artículo 14.2 del Decreto 72/2015 de la Generalitat Valenciana. Esto es para echarse a llorar. 

En definitiva, a estas alturas nos resultan vanas y una mofa las palabras de los dos firmantes del pacto de la finca de los Molinos cuando el 26 de julio de 2019 manifestaron, por una lado, Jesús Villar: ‘Tenemos el firme propósito de cumplir con las propuestas con las que nos presentamos a las elecciones’. Por el otro, Alberto Beviá: ‘vamos a defender por encima de todo los intereses generales y comunes que contribuyen a mejorar el día a día de una ciudad más justa, más solidaria, más igualitaria, agradable para vivir y accesible para todas las personas’. En fin, juzgue el lector. Hasta donde conocemos, ambos han incumplido su intención de mantener ‘reuniones para realizar un seguimiento de los acuerdos”, aunque quizá no tenga sentido en el partido único que ha nacido: PSOEU.

De los grupos de la oposición hay poco que decir más allá de destacar su actitud de chisgarabís y su inmovilidad esperando la suerte de don Tancredo. En todo este contexto, hay que situar nuestra petición de dimisión de Jesús Villar y Alberto Beviá, junto con sus concejales, antes de que den el siguiente paso en la transformación de San Vicente del Raspeig, es decir, de barrio a suburbio. Nuestro futuro depende de ello.

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