Pérez Galdós, 34

Miguel Marcos Chanca

Una de las calles de la ciudad, una de las tantas que me gusta pasear, su calle Mayor, me ha hecho coincidir, bendita casualidad, con mi gran amigo Manolo Lillo, siempre él tan apuesto, tan gallardo, tan sequet però sanet. Después de los saludos protocolarios, después de reconocernos y tras habernos puesto al día de nuestras andaduras pasadas y presentes, se atreve, como siempre ha hecho, a describirme las bondades que ofrece San Vicente a sus habitantes, que si esto, que si aquello o aquello de más allá. Vale.

Me dice que uno de los lemas que desgastaría hasta la extenuación es San Vicente, ciudad para formarse. Y comienza entonces a enumerarme las posibilidades que ofrece la población a la ciudadanía: que si guarderías, colegios, institutos, Formación Profesional, Conservatorio de Música y Danza, Escuela oficial de Idiomas…y la Universidad, claro. Pero no te detengas, amigo Lillo—le animo— no te rindas, que todavía te has dejado algo en el tintero, una institución que tiene solera, una institución de casi 40 años, que no puede pasar desapercibida, no, no te lo permitas, no te rindas: el Centro de Formación de Personas Adultas (CFPA). ¡Cómo he podido olvidarlo!—logra exclamar, llevándose las manos a la cabeza— ¡Claro que sí! ¡La Escuela de Adultos, eso es!

Pues sí, ahí está ahora el CFPA, un centro amable, en la calle Pérez Galdós, al servicio de la población, desgastando ese lema que propone mi gran amigo Manolo Lillo. Ahí está, lejos ya de aquella imagen obsoleta y vinculada a unos cursos rudimentarios basados exclusivamente en la alfabetización de personas mayores y de unos maestros que basaban su pedagogía en el dictado, las cuentas y los copiados. Pero ya no. Ahora el CFPA da sentido a eso que viene llamándose aprendizaje a lo largo de la vida adulta: que la vida exige constantemente formación, actualización o reciclaje, ya sea por el puro placer de aprender, ya sea por mejorar la empleabilidad, ya sea por cualquiera de las razones que cada uno bien disponga. Y todo ello con calidad. Casi nada.

Tras un abrazo afectuoso y sincero y algunas cuantas palabras más, no solo de despedida sino también de buenos propósitos y planes, prosigo mi camino por la calle Mayor dirección a la Iglesia. Saludo a la bordadora en bronce, primero. A los músicos después, ya en la plaza Ascensión Guijarro. Primero de Mayo, el cine la Esperanza, un giro y me encuentro ya en Pérez Galdós, 34. Y un letrero: Centro de Formación de Personas Adultas Sant Vicent Ferrer. Un Centro educativo que bebe de dos aguas: su oferta, de Conselleria; su edificio, del Ayuntamiento. Dame espacio que yo te daré oferta, otro lema que pienso decirle a mi amigo Manolo Lillo cuando coincida en otra ocasión. Y dos preguntas que se elevan en el aire: ¿Tienes voluntad de aprender algo? ¿Tienes 18 años? ¿sí? Pues adelante entonces, cruza la puerta, que el primer paso ya es la mitad del camino. Y entro.

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