El Campello en FITUR – Ángel Sánchez

Cada enero, como un ritual ya mecánico, El Campello acude a FITUR para exhibirse ante el mundo. Se despliega un relato pulido, luminoso, casi idílico, que promete experiencias únicas y un futuro turístico brillante. Sin embargo, bajo esa capa de entusiasmo institucional late una realidad : el modelo turístico que se vende no existe, o al menos no existe más allá de los eslóganes y los titulares grandilocuentes.

La cuestión, por tanto, no es si debemos estar en FITUR sino qué estamos promocionando y, sobre todo, qué proyecto real hay detrás.

El Campello sigue anclado en un modelo agotado. El sol y la playa fueron, durante décadas, un motor económico indiscutible, pero hoy son un recurso insuficiente, vulnerable y fácilmente sustituible por cualquier municipio del litoral mediterráneo. Aun así, año tras año, se insiste en vestirlo de innovación, sostenibilidad o modernidad, cuando en realidad no se ha producido ninguna transformación estructural.

El visitante que llega en verano encuentra exactamente lo que ya esperaba: playas saturadas, servicios tensionados y un municipio que se adapta temporalmente a la avalancha estacional, para después volver a su rutina de abandono fuera de temporada.

Un modelo turístico sostenible no se construye solo desde los stands de una feria, sino desde la vida cotidiana de quienes habitan el municipio todo el año. No puede haber turismo de calidad si no hay vida de calidad para los residentes.

Eso implica, por ejemplo: garantizar un consumo responsable y planificado del agua. modernizar la gestión de residuos y reducir su impacto, revisar el consumo energético y apostar por infraestructuras eficientes u ordenar el territorio pensando en la convivencia, no en la especulación. Sin ese equilibrio básico, cualquier discurso turístico es humo.

Si El Campello quisiera realmente dejar atrás el monocultivo del sol y playa, necesita una identidad propia, una oferta que no dependa del clima ni de la estacionalidad. Y esa identidad solo puede surgir de inversiones reales. Una apuesta cultural sólida (equipamientos, programación estable, apoyo a la creación local) no solo atrae visitantes, sino que enriquece la vida de los vecinos. Lo mismo ocurre con el deporte: instalaciones dignas, eventos bien organizados, espacios públicos cuidados. No se trata de inventar nada, sino de hacer bien lo básico.

El Campello no puede seguir improvisando proyectos que nacen sin diagnóstico, sin planificación y sin continuidad. La inversión pública debe responder a una estrategia clara: mejorar el municipio para quienes lo viven, y a partir de ahí, ofrecer al visitante un destino coherente, atractivo y sostenible.

FITUR puede ser un escaparate útil, pero un escaparate vacío no convence a nadie. El Campello necesita contenido, no decorado. La alternativa al modelo actual, en mi modesta opinión, pasa por dejar de maquillar la realidad y empezar a transformarla. Pasa por entender que el turismo no es un fin en sí mismo, sino una consecuencia de un municipio que funciona, que cuida a su gente y que sabe quién quiere ser.

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