Contra la apatía – Ángel Sánchez

Hay libros que llegan en el momento exacto. Contra el descontento, el ensayo con el que la politóloga zaragozana Cristina Monge acaba de ganar el Premio Paidós 2026, es uno de ellos. Monge parte de una pregunta tan sencilla como preocupante: qué hacer cuando el malestar acumulado durante décadas cristaliza en un descontento profundo que erosiona la convivencia democrática, la confianza institucional y la propia idea de futuro. Esta es, sin duda,  la pregunta que muchos llevamos años evitando hacernos.

Y la respuesta que nos debe incomodar no viene solo de la ultraderecha que avanza, ni de los algoritmos que envenenan el debate público. Viene, sobre todo, de nosotros mismos.

Porque si hay algo que este libro obliga a hacer —aunque su autora, con inteligencia táctica, no lo formule así de bruscamente— es mirarnos al espejo quienes presumimos de ser demócratas convencidos, progresistas, defensores del Estado de derecho. Y preguntarnos: ¿cuándo fue la última vez que tratamos la democracia como un proyecto, y no como un trámite?

La crisis democrática actual, argumenta Monge, no se explica únicamente por el deterioro institucional, sino también por una pérdida más profunda de confianza social.  Pero hay una dimensión que los progresistas tendemos a eludir con comodidad: la posibilidad de que nosotros hayamos contribuido activamente a esa erosión. No por maldad, sino por dejadez intelectual. Por haber confundido la defensa de las normas con la defensa de los valores que las normas debían encarnar.

La tradición democrática-republicana —esa que entiende la democracia no como un conjunto de reglas procedimentales sino como un compromiso con la libertad real, con la igualdad efectiva, con la participación activa de la ciudadanía— lleva décadas siendo sacrificada en el altar de una gestión tecnocrática que prometía eficiencia a cambio de pasión. Hemos defendido las instituciones cuando las ocupábamos. Hemos reclamado el respeto a las mayorías cuando las teníamos. Y hemos llamado a eso «democracia».

Monge describe el tránsito de la indignación del 15M a la decepción actual como el resultado de expectativas muy altas que chocaron con las limitaciones del sistema. Pero esas limitaciones no fueron solo estructurales. Fueron también de imaginación. De valentía. De negativa a decirle a la gente que la democracia exige algo de ellos, que no es un servicio público al que suscribirse sino una práctica cotidiana que se deteriora cuando se abandona.

Para Monge, nos falta un paradigma compartido de hacia dónde queremos ir. Sin destino, no hay rumbo.  Tiene razón. Pero el problema no es solo técnico —de qué programa adoptar, de qué coalición construir—. Es moral. Hemos dejado de creer que la democracia tiene una dirección, un horizonte de justicia que justifique el esfuerzo. Y cuando la democracia deja de ser una promesa y se convierte en un mero procedimiento, los que ofrecen certezas falsas pero apasionadas, pueden ganar el pulso.

Monge reivindica, aunque reconozca que «está mal visto», volver a poner en valor la política y los partidos políticos. Hay que agradecerle esa honestidad en tiempos en que el antipoliticismo es moneda de curso legal hasta en sectores que se reivindican progresistas. Pero los partidos —y quienes los sostenemos— tendremos que explicar qué política queremos recuperar. Si la que administra el descontento o la que lo transforma.

Contra el descontento no es un libro fácil de leer para quien se sienta cómodo en la trinchera. Es un libro que obliga a salir de ella. Léanlo quienes crean que la democracia está en peligro. Y pregúntense, al cerrarlo, qué han hecho esta semana para que no lo esté.

Hay libros que llegan en el momento exacto. Contra el descontento, el ensayo con el que la politóloga zaragozana Cristina Monge acaba de ganar el Premio Paidós 2026, es uno de ellos. Monge parte de una pregunta tan sencilla como preocupante: qué hacer cuando el malestar acumulado durante décadas cristaliza en un descontento profundo que erosiona la convivencia democrática, la confianza institucional y la propia idea de futuro. Esta es, sin duda,  la pregunta que muchos llevamos años evitando hacernos.

Y la respuesta que nos debe incomodar no viene solo de la ultraderecha que avanza, ni de los algoritmos que envenenan el debate público. Viene, sobre todo, de nosotros mismos.

Porque si hay algo que este libro obliga a hacer —aunque su autora, con inteligencia táctica, no lo formule así de bruscamente— es mirarnos al espejo quienes presumimos de ser demócratas convencidos, progresistas, defensores del Estado de derecho. Y preguntarnos: ¿cuándo fue la última vez que tratamos la democracia como un proyecto, y no como un trámite?

La crisis democrática actual, argumenta Monge, no se explica únicamente por el deterioro institucional, sino también por una pérdida más profunda de confianza social.  Pero hay una dimensión que los progresistas tendemos a eludir con comodidad: la posibilidad de que nosotros hayamos contribuido activamente a esa erosión. No por maldad, sino por dejadez intelectual. Por haber confundido la defensa de las normas con la defensa de los valores que las normas debían encarnar.

La tradición democrática-republicana —esa que entiende la democracia no como un conjunto de reglas procedimentales sino como un compromiso con la libertad real, con la igualdad efectiva, con la participación activa de la ciudadanía— lleva décadas siendo sacrificada en el altar de una gestión tecnocrática que prometía eficiencia a cambio de pasión. Hemos defendido las instituciones cuando las ocupábamos. Hemos reclamado el respeto a las mayorías cuando las teníamos. Y hemos llamado a eso «democracia».

Monge describe el tránsito de la indignación del 15M a la decepción actual como el resultado de expectativas muy altas que chocaron con las limitaciones del sistema. Pero esas limitaciones no fueron solo estructurales. Fueron también de imaginación. De valentía. De negativa a decirle a la gente que la democracia exige algo de ellos, que no es un servicio público al que suscribirse sino una práctica cotidiana que se deteriora cuando se abandona.

Para Monge, nos falta un paradigma compartido de hacia dónde queremos ir. Sin destino, no hay rumbo.  Tiene razón. Pero el problema no es solo técnico —de qué programa adoptar, de qué coalición construir—. Es moral. Hemos dejado de creer que la democracia tiene una dirección, un horizonte de justicia que justifique el esfuerzo. Y cuando la democracia deja de ser una promesa y se convierte en un mero procedimiento, los que ofrecen certezas falsas pero apasionadas, pueden ganar el pulso.

Monge reivindica, aunque reconozca que «está mal visto», volver a poner en valor la política y los partidos políticos. Hay que agradecerle esa honestidad en tiempos en que el antipoliticismo es moneda de curso legal hasta en sectores que se reivindican progresistas. Pero los partidos —y quienes los sostenemos— tendremos que explicar qué política queremos recuperar. Si la que administra el descontento o la que lo transforma.

Contra el descontento no es un libro fácil de leer para quien se sienta cómodo en la trinchera. Es un libro que obliga a salir de ella. Léanlo quienes crean que la democracia está en peligro. Y pregúntense, al cerrarlo, qué han hecho esta semana para que no lo esté.

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