
Rafael Altamira y Crevea (Alicante, 1866-Ciudad de México, 1951) es uno de los intelectuales españoles de mayor renombre internacional de la primera mitad del siglo XX, y su labor como historiador, jurista, americanista e incluso crítico literario ha sido tratada con profusión en numerosos trabajos universitarios. Sin embargo, una de las facetas más relevantes de su acción social, la que desarrolló en favor de la pedagogía, la educación popular y la escuela pública española, ha quedado en un segundo plano, a pesar de la enorme trascendencia de sus iniciativas en este campo, desde su colaboración en las actividades del Museo de Instrucción Primaria (después Museo Pedagógico Nacional) y la renovación de la enseñanza de la Historia hasta el impulso a la Extensión Universitaria de la Universidad de Oviedo y la política administrativa y pedagógica que desarrolló como primer Director General de Primera Enseñanza del Ministerio de Instrucción Pública entre 1911 y 1913.
Esta faceta, quizás la menos conocida del intelectual, es precisamente la que centra el libro “Rafael Altamira, pedagogo: los pilares de la educación pública española”, editado por el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert de la Diputación Provincial de la Alicante, escrito por Ignacio Ramos Altamira (bisnieto del jurista), y presentado ayer en las instalaciones de Casa Bardín, que acoge la institución que dirige Cristina Martínez.
Al acto asistieron intelectuales alicantinos, académicos, representantes del Gil-Albert y autoridades políticas, como el diputado provincial de Cultura, Juan de Dios Navarro; el alcalde de El Campello, Juanjo Berenguer, y la concejala de Cultura, Dorian Gomis.
“TODO EMPEZÓ EN EL CAMPELLO”
Se trata de un resumen de la tesis doctoral de Ignacio Ramos Altamira, en la que se desgrana la idea que Rafael Altamira tenía y puso en práctica durante la época en la que el gobierno del rey Alfonso XIII lo nombró director general de Primera Enseñanza, en una época en la que España tan solo disponía de 20.000 colegios.
Altamira revolucionó el sistema educativo español, sentó las bases de la enseñanza pública que todavía perduran, consiguió aumentar el sueldo de maestros y maestras, inventó el “desdoblamiento” de las aulas para duplicar el número de alumnos y alumnas que podían recibir clases, y convenció a la comunidad educativa y las autoridades de que solo desde la educación más temprana se podía transformar a la sociedad.
La tesis de Ignacio Ramos Altamira consiguió, como destacó el director de Publicaciones del Gil Albert, Juan Penalva, un premio convocado por la institución (de la que hoy forma parte). Panalva fue muy explícito cuando destacó que Altamira fue capaz de entender y transmitir que la educación era y es un arma potente “capaz de cambiar un país”.
El diputado Juan de Dios Navarro elogió el trabajo, y lanzó al auditorio una frase que es bien cierta: “Todo empezó en El Campello”, dijo, cuando, hace dos años, el Ayuntamiento que preside Juanjo Berenguer se empeñó, y consiguió, repatriar los restos del jurista desde México, les dio sepultura en el Cementerio Municipal y atrajo el interés de Su Majestad Felipe VI, que presidió la solemne ceremonia”.