Remedios Climent es una reconocida escritora campellera, hablamos con ella para conocerla mejor y que nos hable de toda su trayectoria

Pregunta: Para la gente del pueblo que note conozca, ¿quién es Remedios Climent?
R: Soy hija del pueblo, aunque también hija adoptiva de otros lugares, incluso del norte de África. Me siento muy vinculada a mi pueblo, por supuesto, pero también tengo muy presentes los distintos lugares donde he vivido.
P: Cómo te nace a ti esa parte de escribir?
R: Soy autodidacta desde siempre. Me han gustado el dibujo y la escritura, pero al final me decanté por la escritura, porque me permite contar más historias.
A través de ella puedo plasmar vivencias, sobre todo del pueblo, y también experiencias propias y de otras personas. Me interesa especialmente la biografía. La poesía fue mi punto de partida, empecé de niña con pequeños poemas, relatos y cuentos.
Escribía sentada en las escalinatas de Villa Marco, en el peldaño 13, que tenía muy presente. Cuando me fui a África, seguía contando esos peldaños y pensaba que volvería a sentarme allí. La finca de mis abuelos estaba cerca, por eso Villa Marco aparece mucho en mis escritos.
Con el tiempo he ido idealizando mi pueblo cuando he estado fuera, y lo he ido reflejando en lo que escribo, como una forma de mostrar el cariño que le tengo.
P: ¿Cómo ha cambiado el pueblo desde que naciste hasta ahora?
R: Doy por hecho que todo gobernante que ha pasado por el municipio ha querido trabajar por él, para eso se le elige.
Pero he llegado a la conclusión de que “la novia que es El Campello, nadie la ha vestido como merece”, una frase que me dijo alguien un día y que he hecho mía.
Añado también que añoro el pueblo de antes. Cuando miro la Plaza de la Constitución o la Plaza de la Rana, recuerdo su inauguración desde el balcón del casino, con aquellos chorros de colores por la noche, que eran una maravilla.
He crecido en estas calles, las he cruzado desde los siete años camino del colegio, y he visto cómo el municipio cambiaba, pasando del ladrillo a convertirse en algo que llegó a ser muy bonito, con su fuente y sus espacios vivos.
Antes sentarse aquí era un placer. Ahora, siento que ha perdido vida y eso me duele. Creo que no soy la única que recuerda aquel Campello.
La gente estaba más en la calle, especialmente en la plaza de la iglesia. Hoy si no fuese por el paseo marítimo muchas zonas parecen vacías.
Todo está más deteriorado y más sucio, y la gente de la zona norte está muy cansada.
Sinceramente, ahora mismo no me gusta cómo está el pueblo.
P: ¿Qué historia de El Campello te queda por contar?
Está casi terminada, solo pendiente de un repaso, y es del Gallo Rojo. No está publicada porque incluye mucho material fotográfico y, sobre todo, documentación que solo tengo yo, como los contratos.
El proyecto se ha quedado ahí. Con el actual ayuntamiento, creo que no va a salir adelante. Tengo la sensación de que el alcalde no facilita que se impulsen proyectos de otras sensibilidades políticas.
P: Preséntanos un poco todas tus novelas.
R: Fue primero un libro de historia del pueblo. Lo escribí sola, sin ayuda. Sé que con el tiempo, al releerlo, me han faltado cosas o matices que hoy corregiría. Fue “El Campello mi pueblo”.
Era un trabajo muy personal: quise contar la historia tal y como yo la había vivido y la veía entonces. Hoy probablemente lo escribiría de otra manera, porque todos evolucionamos. Además, luego desde las universidades surgio la idea de escribir sobre los pueblo y venían profesores a casa buscándome.
El siguiente fue Hortensia, una novela totalmente inventada, ambientada en la época de la posguerra y la dictadura. No sé muy bien cómo surgió. Le puse ese nombre porque me encantan las hortensias, aunque hubo quien pensó que era un libro de jardinería. Incluso me han dicho que es mejor novela que la siguiente.
Después vino La casa junto al río, una historia muy marcada para mí. En ese periodo falleció un hijo mío con 28 años. Me instalé en su habitación, donde monté mi estudio sin cambiar prácticamente nada. Me sentaba allí a escribir, aunque en aquel momento estaba bloqueada.
Llegué a olvidar que tenía esa novela prácticamente terminada, a falta de un último capítulo. En ese proceso, intenté retomar el contacto con Marruecos a través de la Universidad, buscando intercambio en francés por correo electrónico para seguir practicándolo. Se ofreció un profesor, con quien hoy mantengo una gran amistad, y aquello me ayudó a reconectar con esa idea de encuentro entre dos orillas.
En ese momento, la editorial se puso en contacto conmigo para publicarla. Terminé el último capítulo que faltaba y, tras pasar el proceso de lectura, la novela salió adelante.
Después escribí La reina Canelobre. Quise bajar el registro hacia un público más juvenil, ya que aún no soy capaz de escribir cuentos infantiles. La obra se inspira en el entorno de El Campello y Busot, aunque de forma novelada, no biográfica. Busot, además, está muy presente en mi historia familiar por mi apellido.
La novela fue publicada en Ceuta y también estuvo en la Feria del Libro, igual que La casa junto al río. A partir de ahí, el libro llegó incluso a Marruecos. Es una historia de la que me siento muy satisfecha y podía haber llegado a más en Busot pero yo es que tengo mucha obligación con la casa. Yo no soy esa persona que despliega las alas totalmente y a día de hoy me siento como que las tengo mojadas y me cuesta levantarlas.
De hecho, la envié al cineasta Guillermo del Toro, que la recibió. Me dijeron que no tuviera prisa en esperar respuesta, pero han pasado ya ocho años. Nunca se sabe.

P: ¿Cuáles son tus fuentes de inspiración?
R: Con la poesía he bebido mucho de lo que me enseñaron en el colegio, especialmente en el proyecto del francés con Víctor Hugo. También me marcó la literatura de Emilia Pardo Bazán, que fue muy interesante para mí.
A nivel de maestros, he tenido la suerte de reunirme y trabajar con muchos de ellos, que me han apoyado mucho. Entre ellos, Enrique Fernán Tato e Isidro Buades.
También Lloixa me ha apoyado bastante, al igual que Alfredo Campello, que me tradujo al valenciano un relato premiado que aún está pendiente de publicarse.
Xavier Sala Iborra, a quien conocí en aquella época del primer libro, también me ha brindado su apoyo.
P: ¿El municipio reconoce a la gente que escribe? ¿Qué haría falta para que ese reconocimiento sea efectivo?
R: No. Que venga la próxima generación, porque los contemporáneos míos no. Aunque tengo que decir que, de forma silenciosa, tengo muchos seguidores de mi misma generación.
Incluso me he llevado la satisfacción de que personas que conozco de toda la vida, y que pensaba que no me dirían nada, me han parado por la calle para decírmelo.
Y lo que más me sorprende es la gente que me dice cosas sobre mis textos en el periódico Som El Campello. Son personas que, a priori, uno no pensaría que leen, y me comentan: “hace tiempo que no publicas nada”, o incluso: “yo solo lo cojo para leerte”.
Eso te llena de satisfacción.
Hoy en día, en El Campello, más de la mitad de la población es foránea que se ha asentado aquí. Todo eso también está conmigo.
De hecho, ha habido partidos políticos que se han interesado por mí, porque saben lo que puedo aportar, pero eso ya es otra cuestión.
P: ¿Cómo haces para contar todo lo que sabes y cuentas del municipio?
R: Desde muy joven, desde que volví de África, siempre me ha gustado escuchar a los mayores, ya fuera por mi padre o por amigos de mi suegro. Siempre he sentido ese interés.
De alguna forma, sé de dónde viene, no necesito que me lo explique nadie. Es un deseo de recuperar lo vivido, de conservarlo, y por eso siempre me ha interesado.
La tradición oral me atrae mucho: sentarme con alguien, escuchar lo que me cuenta o pedirle información concreta. Por ejemplo, cuando quiero estudiar sobre el convento, me gusta hablar con personas que lo han vivido y que pueden aportar su testimonio.
Tengo tanto material que no me dará tiempo a publicarlo todo.
P: ¿Cuál va ser tu siguiente publicación?
R: Está ya casi en máquinas, con el último repaso. Es una novela ambientada en un pueblo de Madrid, a unos 50 kilómetros, que se llama Chapinería.
En su momento fui invitada por el ayuntamiento, porque pedí permiso para documentarme. Viajé allí y me ayudaron con todo lo que iba preguntando. Incluso llegué a tumbarme en la hierba de la laguna. Esta novela también es curiosa, como la de La Casa junto al Río, porque la había escrito prácticamente entera, a falta solo de correcciones, sobre un pueblo que yo quería que fuera de transhumantes, con la transhumancia como fondo de la historia.
Me documenté sobre el tema, pero no busqué un pueblo concreto. Me centré en la transhumancia y en la historia de los personajes. Además, me inspiré mucho en un actor al que admiro como figura principal. Al final, los escritores usamos de todo como referencia.
La escribí así, y un día una amiga mía, que vivía entre Madrid y El Campello, me dijo que se volvía a Madrid a un pueblo cuyo nombre no recordaba. Yo le conté lo que estaba escribiendo, y me dijo: “Estás describiendo exactamente el pueblo donde he vivido dos años”.
Me fui con ella en coche hasta allí, a Chapinería. Ella me dejó y volvió a Madrid. Yo ya había quedado con el alcalde y recorrí el pueblo, que tenía muchas similitudes con lo que yo había escrito, especialmente por el tema de la transhumancia.
Allí me presentaron a un matrimonio que aún vive en el pueblo, que fueron transhumantes de otro lugar más arriba. Cuando se casaron, bajaron con el ganado y se establecieron allí. La mujer me contó muchas cosas interesantes.
Tengo pendiente presentarlo allí. La editorial Avante Editorial es la que lo está preparando.
P: Cuéntanos un poco, más o menos, todos los premios que has ido teniendo durante estos años
R: Tengo dos, pero me he dado cuenta de que es porque he enviado poco a convocatorias.
Como he estado en el equipo lectores, sé cómo se maneja todo. Eso siempre me ha dado un poco de apuro. Tampoco he querido pensar mal ni que luego se pudieran usar los textos de otra manera. Al final envías y no te los devuelven, y ese tipo de cosas me frenaban.
Pero cuando contacté con la fundación de la que soy miembro, el GEME, el Grupo de Escritores Marroquís Españoles, y vi cómo funcionaba todo desde dentro, me animé. Es una fundación muy seria, muy vinculada al hispanismo y con el protectorado español.
Entonces empecé a enviar relatos cortos. Me costó, porque yo soy de escritura más larga. Por eso le doy tanto mérito al relato corto: tienes que condensar una historia muy profunda en poco espacio.
También admiro mucho a quienes trabajan el microrrelato; en mi caso, me pasa como con el cuento infantil, que siento que no llego a ese formato.
El resultado han sido dos segundos premios. Este último incluso podría haber sido un primero. Hay ciertas dudas, pero se dejó así. Al final, esas cosas siempre generan algo de ruido, y prefiero no entrar en eso. Tampoco reclamé nada; estoy conforme con el segundo premio.
Para mí lo importante es seguir participando. En septiembre vuelvo a participar en Mare Nostrum, donde participo con poesía.
P: ¿Y qué le dirías a los jóvenes que están empezando a escribir y que se interesan por el pueblo?
R: Que sigan haciéndolo, que se animen. Escribir y publicar en papel no tiene nada que ver con lo virtual. Cuando abres un libro —sea un relato corto, un microrrelato, una novela, una biografía o cualquier otro formato— el alma de quien lo escribe está ahí, plasmada.
Los jóvenes deben saber que en un libro en papel, o en un periódico donde publiquen, queda su esencia, su forma de ver el mundo.
Y próximamente, en septiembre, aquí en el casino empezaremos a hacer cursillos y actividades a través de mi asociación, que es filial del casino, para fomentar precisamente eso: que se animen a escribir.
A mí me hace mucha ilusión ver jóvenes que escriben y que ya han publicado.
P: Después de todo lo que has investigado, has visto sobre El Campello, defínelo en una frase.
R: Les cuesta abrirse, sí. Pero cuando lo hacen, es cuando realmente conoces a la gente más cercana. Aun así, les cuesta, y eso tiene una historia detrás. Que es el mar. Los hombres se iban al mar, a veces durante siete meses, y las mujeres se quedaban solas, haciéndose cargo de todo. Aquí ha habido más matriarcas que patriarcas: hombres marineros y mujeres que sostenían la casa.
Son mujeres muy sufridas, y por eso les cuesta mucho abrirse.