
Hay una evidencia que creo que es indiscutible: los y las jóvenes habitan un ecosistema informativo que no se parece en nada al que moldeó a quienes hoy rondamos o superamos los cuarenta o los cincuenta. Nosotros crecimos con dos canales, con la prensa escrita como rito de iniciación cívica, con la sensación (quizá ingenua, quizá no) de que informarse era un acto deliberado, casi un compromiso. Hoy, en cambio, la información llega envuelta en entretenimiento, mezclada con opiniones instantáneas, servida por personajes cuya autoridad no nace del conocimiento, sino del algoritmo. Y ahí está el problema: la autoridad del clic ha sustituido a la autoridad del criterio.
Entre esos personajes, algunos se permiten pontificar sobre impuestos, servicios públicos o solidaridad social desde una posición profundamente deshonesta: la de quien vive de un modelo económico que depende de la atención masiva, pero que desprecia los mecanismos colectivos que permiten que esa misma audiencia viva con un mínimo de dignidad. El caso de Xokas (y tantos y tantas otros como él) no es anecdótico; es sintomático. Porque cuando alguien con cientos de miles de seguidores afirma, sin rubor, que los impuestos son un robo o que el Estado es un lastre, no está haciendo humor ni entretenimiento: está erosionando la base material que sostiene la vida de la mayoría de quienes lo siguen. Y lo hace desde una atalaya construida con clics, sí, pero también con una profunda desconexión de la realidad social, a la vez que con un claro interés en “servir” a los movimientos reaccionarios que quieren acabar con la libertad entendida como dignidad.
Lo paradójico (y preocupante) es que muchos de sus seguidores y seguidoras no pueden permitirse ni un seguro médico privado, ni pagar una universidad sin endeudarse, ni vivir en barrios donde la seguridad sea un lujo asumido. Dependen, como dependemos todos y todas, de un sistema público que garantiza que la salud no sea un privilegio, que la educación no sea una hipoteca vital, que la seguridad no sea un bien de mercado. Y, sin embargo, escuchan a quien cuestiona esos pilares como si fuera un gurú de la libertad individual. Y no, no lo es. Es un producto del mercado del entretenmiento y adoctrinamiento, un mercado que premia la provocación, la simplificación y el desprecio por lo común. Un mercado que convierte la ignorancia en espectáculo y la irresponsabilidad en marca personal.
La pregunta, entonces, no es por qué Xokas dice lo que dice. La pregunta es por qué aceptamos que figuras sin formación, sin compromiso cívico y sin responsabilidad social ocupen el espacio que antes reservábamos a quienes, al menos, se tomaban la realidad en serio. Por qué hemos normalizado que la opinión pública se construya desde Twitch, TikTok o YouTube sin exigir el mínimo rigor que pedíamos a un columnista, a un profesor o a un periodista.
Y mientras tanto, quienes sí sostienen el sistema (los sanitarios y sanitarias, los y las docentes, los cuerpos de seguridad, los y las trabajadores y trabajadoras públicos) ven cómo se cuestiona el valor de su trabajo desde un micrófono que quizá nunca haya pisado un hospital saturado, una escuela sin recursos o una comisaría desbordada.
Personalmente creo que hace tiempo que ha llegado el momento de recordar algo elemental: la solidaridad tributaria no es una opinión; es un contrato social. Y quienes viven de entretener a las masas deberían, como mínimo, respetar los recursos que hacen posible que esas masas vivan con dignidad. Si no lo hacen, al menos que no pretendan darnos lecciones desde su torre de clics.