Caos circulatorio y política de escaparate en San Vicente

Alberto Beviá Orts (Concejal de Esquerra Unida- GM Esquerra Unida-Podem)

Hay decisiones políticas que se defienden solas y otras que necesitan mucha explicación. En San Vicente del Raspeig, la gestión del gobierno municipal de Partido Popular y Vox pertenece claramente al segundo grupo.

El balance reciente deja una colección de “logros” difíciles de vender a la ciudadanía: el municipio se sitúa entre las ciudades de España con el recibo de la basura más elevado, nuevas tasas eliminando el factor de permanencia que afectan directamente a la hostelería, sin olvidarnos de la subida del 20% en el sueldo de los políticos, validada en su día por todos los grupos excepto Esquerra Unida-Podem. Todo ello mientras se pide comprensión y esfuerzo económico a vecinos y pequeños negocios. Una curiosa manera de repartir sacrificios.

Pero el verdadero termómetro de una gestión municipal no está en los acuerdos de despacho, sino en la calle. Y ahí es donde el relato se rompe. La ciudad vive un caos circulatorio evidente, fruto de una ejecución de obras sin coordinación visible ni planificación suficiente. Algunas son necesarias, sí, pero la necesidad no justifica la improvisación que multiplica sus efectos negativos.

La eliminación de plazas de aparcamiento sin alternativas reales es el ejemplo más claro. Los coches siguen existiendo, los vecinos siguen necesitándolos y el espacio público no puede reorganizarse ignorando esa realidad. Gobernar no consiste en iniciar obras, sino en prever sus consecuencias y ofrecer soluciones antes de que aparezcan los problemas. Entre ellas, la creación de aparcamientos disuasorios en los accesos al municipio y en puntos estratégicos conectados con el transporte público, una medida habitual en ciudades que planifican a medio plazo y no solo reaccionan a la urgencia del momento.

Resulta especialmente irónico que, contando el alcalde y el PP con perfiles políticos que presumen de saber organizar y planificar, la ciudad atraviese un momento de desorden tan evidente. Quizá el problema no sea la falta de ideas, sino la ausencia de una estrategia coherente que conecte fiscalidad, movilidad y urbanismo.

San Vicente del Raspeig necesita algo tan poco espectacular como esencial: menos anuncios y más planificación real. Menos marketing político y más gestión cotidiana.

Porque al final, la política municipal se mide en detalles muy concretos: en si se puede aparcar, en si el tráfico fluye, en si los impuestos se perciben como justos y en si las decisiones públicas mejoran la vida diaria. Y cuando esos indicadores fallan, no hay discurso que lo compense. La ciudad no necesita grandes gestos, sino un gobierno que piense antes de actuar y que gestione pensando en quienes la viven cada día. La planificación, tan invocada en los discursos, parece haberse quedado en el papel.

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