FRANCISCO CANALS BEVIÁ – Doctor en Economía Universidad de Alicante y Presidente del Cercle d’ Estudis “Sequet Peró Sanet” de Sant Vicent del Raspeig
La celebración de las Fiestas Patronales y de Moros y Cristianos en este año 2026, y el 190 aniversario de la autonomía municipal de Sant Vicent del Raspeig, es una buena ocasión para reflexionar como eran en origen, significados y los fundamentos en los que se basaba la celebración, en esta época de crisis, cambios acelerados y globalización.

Las fiestas patronales del antiguo Raspeig son, en su origen, fiestas vinculadas a la Naturaleza y más concretamente a sus ciclos agrícolas. Es una fiesta agraria, puesta bajo la advocación de un Santo; el santo valenciano por antonomasia: Sant Vicent Ferrer. En una estructura agrícola, primero de subsistencia y luego de comercialización (la barrella), la figura del santo es la advocación a la que se encomiendan los habitantes en una socioeconomía de Antiguo Régimen.
En un territorio de clima mediterráneo seco y de no muy buena calidad, el Pla de El Raspeig, el secano de la ciudad de Alacant en contraposición a L’ Horta, los habitantes viven, en su época de mayor esplendor, el siglo XVIII, del cultivo de la “barrilla”, como principal producto de comercialización; seguido de la cebada, la almendra y las oliveras.
Las fiestas se realizan inmediatamente después del denominado equinoccio de primavera y, evidentemente, no por casualidad. En esta época, después de los fríos invernales, con el comienzo de la primavera y el alargamiento de las horas solares, después de preparar la tierra, con la “civada” comenzando a verdear, con el despuntar de las plantas de “barrella”, cuando los almendros comienzan a enseñar lo que serán sus frutos, entonces es el momento de realizar una pausa, celebrar las fiestas y de “demanar al sant”.
El santo, Sant Vicent Ferrer, es sacado en procesión, primero desde la ermita, luego desde la construida iglesia, como en una rogativa o plegaria de abundantes lluvias primaverales y ausencia de granizos que dieran el último estirón al duro trabajo realizado. Particularmente el mes de abril, el mes en el que suelen caer las fiestas, coincide, en la primavera de la cuenca mediterránea, con una época de lluvias antes de un seco verano.
El comienzo de las fiestas patronales no era, como ahora, la noche del viernes, sino a las 12 del mediodía del sábado anterior al día de Sant Vicent, a la hora del Ángelus, hora agraria por excelencia, después de las tareas agrícolas de la mañana. Comenzaban con “pasacalles y disparo de morteretes”, y terminaban el “segon dia de Sant Vicent”, siendo este de “medio fiesta”, con “danzas al estilo de país” y, en ocasiones, enlazaban con la “Festa de la Creu de Maig”, “Cruz de Mayo”.
Podemos sin mucho esfuerzo llegar a imaginarnos como podría ser las primeras procesiones, con la imagen del Sant Vicent Ferrer, llevada entre las escasas viviendas en diseminado o agrupadas en pequeños caseríos, entre los campos de civada-barrella-ametlers, por los caminos entre los bancales. Es una rogativa o plegaria y es además el día simbólico de la fiesta de la partida de El Raspeig y de todo el secano de la ciudad de Alacant.
Es la fiesta grande de El Raspeig, desde el “riu Montnegre” al Rebolledo, pasando por los caseríos de la Iglesia, Canyada, Fenollar, Moralet, Verdegás, Alcoraia y Rebolledo. Y, como toda fiesta, es también un motivo de reunión. En un territorio en el que la población vive principalmente en diseminado, en pequeños caseríos o casas aisladas, la fiesta es un motivo de reunión y concentración. Uno de los pocos días del año donde los vecinos coinciden y se juntan.
Y, sobre todo, la Festa representa también, junto con esa reunión en la que se habla de todo, “de collites”, “de preus”, de economía y también de política y asuntos públicos, la “Fira Comercial Anual” del territorio. El denominado “Porrat”, Porrate es el mercado anual de los residentes en la extensa partida. Pero no solo de ellas sino también de la Comarca de L’ Alacantí y comarcas limítrofes. Los vecinos acuden a comprar sus equipamientos, herramientas agrícolas, productos no perecederos y útiles de cocina.
Por tanto, la Festa Patronal de El Raspeig combinaba la fiesta agraria con la advocación y protección religiosa del Santo, además de la concentración vecinal, el jolgorio y la función social de la fiesta, con el cónclave sociopolítico y el hecho económico de la feria comercial anual. De ahí su importancia y que el día grande, el día de Sant Vicent, fuera denominado como el “día más importante para los hijos de este pueblo”.
Obviamente no era para menos. La procesión, además de la función religiosa, era el auténtico escaparate y el hito social y cultural del año. Y, además era uno de los días del año donde se celebraba la mejor comida “el putxero en tarongetes”, (cocido con pelotas).
Hoy, en pleno siglo XXI, la Festa Patronal de Sant Vicent del Raspeig, representa un motivo de reencuentro del pueblo con sus orígenes, su principal elemento de identidad, ante el reto y el dilema de su futuro: o subcentro metropolitano o la ciudad dormitorio de la Costa Blanca.