El viento

Marcos Chanca (Somos Adultos)

Lo mismo da: podría haberse llamado Tariq, Umar, Zareb, Amari, Omari, Haidar o Kenti. Pero se llamaba Batu. La situación le era ya insostenible (no salía nunca el sol por su pueblo) y decidió coger la primera patera disponible, y en tercera clase además, que era más económica. Y tanto. No surcó los mares, todo lo contrario: los sufrió y los vomitó. Las horas en el mar se eternizaban porque los segundos eran de plomo. A lo lejos, por fin, ya pudo ver el perfil del continente, y ondeando una bandera: pero de Cruz Roja. Primera acogida.
Batu fue a parar a la Escuela de Adultos para estudiar español: segunda acogida. Estuvo dos años dando clases de español conmigo, hicimos amistad. Tenía ilusión por comprarse una guitarra, que allá en su país la tocaba. Le regalé una, claro. No se conformaba solo con aprender español, que lo asimilaba bien y rápido, quería más, quería estudiar la Educación Secundaria para adultos pues en su país ya había estudiado cursos superiores. Valoramos la posibilidad y lo orientamos, viendo pros y contras: tercera acogida. Comenzó bien, esa es la verdad, pero fue aminorando luego, trabajaba en la obra y poco a poco fue diluyéndose. Recuerdo su mirada penetrante, su vitalidad y su libreta azul. La libreta en la que curso tras curso iba realizando sus esquemas y apuntes. Una libreta azul de hojas cuadriculadas con anotaciones varias y desordenadas, ya fuera de una asignatura u otra, y en perfecto dialecto materno, casi siempre, y no tanto español. Una libreta azul que dejó olvidada, tal vez como símbolo, y que guardo aún en uno de los cajones por si vuelve en una ocasión, brisa favorable, la que tal vez lo haya devuelto a su país, quién sabe, o tal vez lo haya llevado a otras tierras con otras banderas. ¿Dónde estará hoy y ahora? El aire es ley. En una ocasión un alumno, militar ya retirado, me relató una anécdota que le sucedió hacía ya mucho tiempo, un día aciago y marcado por un temporal extremo. El general se presentó ante él y se cuadró:
—¡Cuádrese, soldado!
—Ya lo estoy, mi general.
—¡Usted se mueve!
—No soy yo, mi general, es el viento, que me azota.
—¡Pues que se pare el viento, joder!—espetó con ira y rabia.

Nosotros no podemos parar el viento; el viento es libre y dueño y amo y trae y se lleva. Y lo aceptamos. No es tanto nuestro poder. 

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