
El pasado 1 de julio se cumplieron veinte años desde la inauguración de esta avenida. Cuando, pocos meses después, concluyeron las obras de demolición de los últimos edificios y se asfaltaron los últimos cincuenta metros frente a la plaza de Maissonave, se hizo por fin realidad el viejo sueño de abrir la Rambla hacia el norte. Aunque esta idea ya figuraba en las Normas Subsidiarias urbanísticas de 1976, tuvieron que transcurrir treinta años para que el proyecto saliera adelante. El Ayuntamiento decidió denominarla “Rambla de la Libertad”, manteniendo el nombre del tramo preexistente y añadiendo el término “libertad” por la sensación de amplitud que genera esta gran avenida abierta hacia el norte, con La Carrasqueta y el Migjorn en el horizonte. Quizás algún día esta vía, que constituye el eje de nuestra ciudad, se prolongue también hacia el sureste desde la Plaza de la Constitución, atravesando Nou Nazareth hasta conectar con la red viaria de La Condomina. Todo ello sin el obstáculo del puente sobre la Avenida Miguel Hernández, que representa una época en la que las ciudades se diseñaban pensando más en los automóviles que en las personas o en el bienestar de los vecinos.
Hoy, dos décadas después de su inauguración, el aspecto de la Rambla de la Libertad resulta desolador. Al observar una fotografía de aquel entonces, veríamos un arbolado compuesto por ejemplares de Syagrus de unos cuatro metros de altura. Esta especie de palmera, sugerida por ingenieros con amplia trayectoria en jardinería urbana, es común en regiones tropicales, subtropicales y mediterráneas, y tiene una presencia notable en los jardines de Sant Joan. Sin embargo, tras unos pocos años, el desarrollo del arbolado no fue el esperado y la mayoría de las palmeras presentaban un aspecto raquítico. Surgieron entonces críticas y opiniones de todo tipo: que si era una especie ajena a esta tierra, que no resultaba adecuada para la vía pública sino para jardines, o que no proporcionaba sombra. Hace unos diez años, como ciudadano observador, consulté al ingeniero responsable de sugerir la especie y de su plantación sobre las causas del deterioro de los ejemplares y su posible mejora. El técnico indicó que concurrían varios problemas, principalmente un riego insuficiente y la falta de fertilizantes adecuados. Señaló que se deberían ampliar los alcorques para instalar un doble collar de riego o, preferiblemente, trazar un jardín continuo de un metro de anchura paralelo al bordillo, sistema que se ha implementado recientemente con éxito en la parte alta de la Avenida de Benidorm. También me facilitó una nota con los fertilizantes y pautas de tratamiento necesarios para la recuperación de los Syagrus; dicha nota fue entregada a los responsables políticos municipales de la época, sin que me conste qué uso se hizo de ella.
A día de hoy, el debate sobre si el problema fue de origen o sobrevenido continúa, mientras la motosierra prosigue su inexorable labor de talar los ejemplares de peor aspecto, dejando las aceras desprovistas de sombra sin que se haya repuesto ni uno solo de los alcorques vacíos. En este periodo estival, cuando solo los más obstinados niegan un cambio climático que eleva las temperaturas hasta límites insospechados, es exigible que los gobiernos municipales adecuen los espacios públicos para combatir el calor y planten los árboles necesarios para sombrear nuestras calles. Por ello, cabe pedir ya de manera imperativa a nuestro ayuntamiento: ¡Por favor!, dejen de discutir si son galgos o podencos; busquen una especie arbórea que proporcione sombra adecuada a la Rambla de la Libertad y repongan los huecos vacíos. Mejor aún, construyan una franja longitudinal ajardinada donde planten nuevos árboles que convivan con los Syagrus supervivientes, y completen el jardín con arbustos bajos y flores flanqueando los bancos existentes. Y, por favor, no más césped plástico.