Lo ordinario es ahora extraordinario – Ángel Sánchez

Hay una trampa en el lenguaje de la gestión municipal que, en estos tiempos de redes, se magnifica de forma exponencial. Es sutil, pero una vez que se produce, causa el efecto deseado, siempre y cuando los receptores del mensaje lo asuman sin más, sin cuestionarlo.

Consiste en presentar como logro, como casi un hito, lo que no es más que obligación; en envolver con el papel aquello que debió se algo rutinario. En El Campello, esa especie trampa lleva años perfeccionándose.

El parque de la hormiga, en Oncina Giner, el parque frente al colegio Rafael Altamira, retirado por deterioro, la fuente del monumento al pescador, que lleva años sin una gota que caiga o el agua caliente del pabellón municipal, donde los deportistas, vecinos y visitantes, llevan años yéndose a casa sin poder ducharse con agua caliente. O el aire acondicionado del centro social. La lista no es extensa.

Cuando un parque lleva más de diez años sin mantenimiento digno y finalmente se interviene sobre él, eso no es una noticia: es la corrección tardía de la inacción. No merece un titular; merece, como mucho, una explicación de por qué tardó tanto en hacerse. Pero el mecanismo funciona al revés: cuanto mayor ha sido el abandono, mayor es la pompa del anuncio. El deterioro acumulado se convierte, paradójicamente, en el argumento de la celebración.

Esto no es política. Es propaganda con retraso.

La gestión pública tiene una definición sencilla: que las cosas funcionen. Que los parques tengan bancos que no estén rotos, que las fuentes tengan agua, que los deportistas puedan ducharse después de entrenar, que los mayores tengan un centro social en condiciones. Nada de esto es extraordinario. Todo esto es lo mínimo. El escalón más bajo de lo que un gobierno municipal debe hacer para sus vecinos y vecinas.

Pero, cuando lo mínimo desaparece durante años y luego regresa con fanfarria, no estamos ante un éxito de gestión. Estamos ante la normalización del fracaso. El listón se ha bajado tanto que por debajo ya no hay suelo, y lo que antes era el punto de partida ahora se celebra como si fuera la anhelada meta.

El peligro de este mecanismo no es solo estético o meramente retórico: es político en el sentido más profundo. Si los ciudadanos acaban aceptando que reparar una fuente es un logro, habrán renunciado a exigir que la fuente nunca debió romperse. Si aplauden que vuelva el agua caliente al pabellón, habrán olvidado cuántos años llevaron sin ella. La memoria corta es el mejor aliado de la mala gestión.

El Campello no necesita inauguraciones de lo que ya existía: necesita que lo ordinario deje de ser noticia. Necesita mantenimiento ordinario, constante y sin fotografías; el tipo de trabajo que no genera portadas, precisamente porque las cosas funcionan. Esto es lo que sería una gestión normativa, que es lo mínimo exigible.

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