
Hace ahora veintinueve años, a finales de abril de 1997, el gobierno municipal a cuyo frente estaba el Alcalde Francésc Seva se había constituido apenas un mes antes; este cronista, apenas estrenada la concejalía de Urbanismo, firmaba un requerimiento a la Secretaría General del ayuntamiento requiriendo la emisión de informe previo con el fin de redactar un Plan Especial de Ordenación y Diseño Urbano para el Racó de l’Ordana. El 23 de mayo, la Comisión de Urbanísmo elevaba al Pleno del Ayuntamiento la propuesta de redacción del proyecto; la suspensión de licencias en la zona afectada y la contratación de un equipo técnico, cuyo encargo recayó en el arquitecto Juan Antonio Moreno Cabrera
Como objetivos de la nueva ordenación se definieron los siguientes:
- Regular alineaciones interiores que conformen espacios públicos dotacionales.
- Revitalizar una zona marginal dotándola de usos sociales y comerciales, y fomentando actividades cívico-comunitarias.
- Recobrar estéticamente el entorno de los espacios públicos interiores, actualmente con impacto visual negativo.
- Aumentar las plazas de aparcamiento, deficitarias en la zona.
- Proponer un modelo arquitectónico que resuelva la fachada interior de la manzana de manera unitaria y legible.
El Pleno Municipal aprobó las propuestas con el voto favorable de los tres grupos que formaban el Gobierno (PSOE, EU, BNV) con la abstención de PP y UDI.
En marzo del año siguiente, el equipo redactor presentaba un proyecto que comprendía todo el espacio de lo que fuera campo de fútbol incluyendo el colegio público; contemplaba dos entradas desde la calle l’Ordana, una a través del callejón quebrado por el que otrora se accediera al campo de fútbol; desde esta misma calle se habilitaba un nuevo acceso más amplio junto a la fachada norte; además del límite frontal con el pasaje l’Ordana y una nueva apertura hacia la calle La Moleta. En el interior se diseñaba una plaza cuadrada, porticada, al estilo de otras plazas del centro de Europa.
Los edificios afectados eran: la fábrica de muebles (cerrada desde unos años antes) y ocho edificaciones más: un establecimiento de hostelería activo y otro local cerrado; el resto eran viviendas, varias de ellas desocupadas.
El trámite administrativo que se inició fue lento por su complejidad; además de las numerosas propiedades afectadas se precisaba la aprobación de la Administración autonómica.
En el año 2003 se hubo de reformar el proyecto y redelimitar el ámbito de actuación, entre otras causas, por las dificultades del acceso desde La Moleta, las dudas sobre su utilidad y la limitación del espacio del colegio.
Se iniciaba otra etapa, ya con otro equipo técnico al frente, dirigido por la arquitecta Esmeralda Martínez Salvador. Este equipo reformó el proyecto con el fin de destinar mayor espacio de uso al colegio. El otro cambio sustancial fue reconvertir la forma cuadrada y cerrada del interior de la plaza abriendo todo su frente hacia la calle L’Ordana, con dos fachadas longitudinales a ambos lados de la plaza. Esta apertura suponía una reforma radical que creaba un entorno nuevo, más abierto y luminoso, al tiempo que lograba una mayor integración del tejido urbano y, también, entre las actividades propuestas en este espacio y las que ya se desarrollaban en el centro urbano.
Las Normas Urbanísticas aprobadas contemplaban la formación de las fachadas longitudinales formadas por un retranqueo de tres metros en la planta baja formando la plaza porticada; determinaban la altura de la primera planta y la cornisa de los edificios de manera uniforme, formando una unidad visual que comprendía la distancia del intercolumnario de los pórticos, la composición de las fachadas, con balcones, y materiales empleados en las mismas. La primera licencia que concediera el Ayuntamiento debería contemplar estas determinaciones que serían aplicables a la siguiente.
En este momento nos encontramos ante la construcción del primer edificio, ya adelantada, y la del segundo, recientemente comenzada.
Aquella idea, que algunos tacharon entonces de fantasiosa, se convirtió en un proyecto que se llevó adelante por aquella corporación, con convicción firme y determinación hasta que fue culminado; que hubo de enfrenase a la tramitación más difícil (solo superada por la de Parque Ansaldo); que ha ido superando no pocos obstáculos: intereses privados contrapuestos, crisis económicas, cambios políticos municipales… pero ya ha conseguido gran parte de sus objetivos: ser un referente de integración de espacios urbanos al servicio de los ciudadanos e impulsor de actividades comerciales y cívico-sociales; también dispone de un aparcamiento cuyos objetivos van más allá de las necesidades de la plaza, y que en otro momento abordaremos.
Si alguna objeción puedo mostrar a su resultado es que la plaza ha quedado demasiado “dura”; y que el escenario fijo construido forma una barrera que dificulta una visión completa del espacio y limita su uso. Sin embargo, una plaza más verde es posible; la existencia del párking bajo superficie no es un impedimento insalvable, hay numerosos ejemplos de ello, y espero que pueda disfrutarse antes del final de las obras.
Aquel rincón, cuyo nombre quizás deriva del genuino l’Hort d’Ana, como solía comentar Isidre Buades, quien fuera Cronista Oficial de la Villa, usado como campo de fútbol durante las décadas de los 60-70 del pasado siglo, atravesado por el brazal de Les Moletes cuyo cauce hubo de ser entubado para este uso; abandonado a su suerte durante las dos décadas siguientes, se ha convertido en uno de los referentes de centralidad urbana y actividad cívica. Ojalá los técnicos municipales hayan acertado al definir, como prevén las normas, la imagen de los edificios en construcción de la que todos nos sintamos orgullosos.