Pascual Andrés Tevar
Cuando se alcanza una edad en la que has dejado atrás el trabajo y todas sus virtudes y ansiedades, en las que has construido una familia en todas las consecuencias, en las con el tiempo abierto para ocuparlo has abierto los debates ocultos, uno de los que más me motivan, es saber cómo he interpretado la felicidad de vivir, y lo que mejor considero, la felicidad de saber compartir. Y aprovecho este artículo, a través de la hermosa y libre ventana de SOMOS RASPEIG, para abrir un debate, y que cada cual, saque sus consecuencias.
Podemos empezar como nos transmitía George Bernard Shaw , que la vida consiste en tener un propósito , que se convierte en una gran misión, y que lo podemos conseguir, a través de nuestro trabajo, de nuestra familia, de nuestros amigos y amigas, y de todas las relaciones sociales .Y ese propósito, lo tenemos tan claro, que se convierte en el motor para inspirarnos la reflexión constante de la vida y la felicidad, que llega más lejos de la satisfacción personal, y que sólo podemos encontrarla con tener un propósito, que nosotros mismos reconocemos que es tan poderoso, que es como una fuerza de la naturaleza, que lo convertimos en una norma de vida. Y de sentirnos satisfechos, con nuestra forma de vivir, que en definitiva, es lo que nos hace, sentirnos orgullosos de nosotros mismos, porque sabemos encontrar el sentido de la vida, como una gran misión. Y que hay que saber buscar con ese propósito vital, que te hagan descubrir el camino cada amanecer, luchando contra los ataques que te puedan desviar de ese camino, que sabemos interpretarlo y aplicarlo como norma de vida.
Seguimos con el filósofo Jean-Paul Sartre, que mantenía “La felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace”. Porque mantenía que la libertad como concepto es la capacidad de decisión y la toma de las mismas lo que marca el comportamiento y la forma de ser humano. La forma de conseguir la felicidad es a través de los actos propios, porque estamos condenados a ser libre. Porque la libertad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace. No se trata de conseguir cosas, sino de una postura ética ante la vida. Porque al querer de verdad lo que haces, consigues cambiar una obligación en un acto de libertad. Y por el contrario, al hacer lo que uno quiere, lo que hacemos es seguir impulsos y capricho, lo que se convierte en una forma de esclavitud. Es decir, algo que se aleja claramente de la concepción de un acto voluntario, que son lo que hacen a las personas tomar propiedad de lo que les sucede en la vida. Su filosofía introduce un peligroso concepto que puede impedir a las personas conseguir la libertad que desean, que es la mala fe. Y es esta mala fe la que aparece cuanto te convences a ti mismo que no puede elegir sobre tu vida, con las excusas o para oponerte al vértigo que da la libertad. Siempre es más fácil, acomodarse a la esclavitud de las circunstancias, antes que coger las riendas y salir de la zona de confort.
Esta forma de pensar es un antídoto contra la frustración moderna, porque el que quiere lo que hace no le importan el sacrificio, el sufrimiento y la dedicación que supone luchar por su proyecto de vida.
Para el pensador Antón Chejov , las claves de una vida feliz es necesario, aunque sea un pequeño fragmento tener una vida social. Es como decir “necesito relacionarme con los demás a través de mi trabajo, y ahora como jubilado, a través de mis rutinas diarias cuando salgo de casa “. Es por eso que hace falta un pequeño tiempo de vida social, porque la vida entre cuatro paredes, sin naturaleza, sin personas, no es vida, sino una especie de letargo sin sustancia vital. Porque es como defendía le falta lo más importante a la vida: La eudaimonia, es de decir la felicidad no solo consiste en sentirse bien, sino en encontrar el sentido de lo que hacemos. Es decir la eudaimonía es el florecimiento de las capacidades humanas al servicio de los demás. Las decir la buena vida tiene que ser al mismo tiempo una vida buena, una en la que nuestra moral y nuestra virtud contribuyen a la vida de los demás. Es decir para que exista un auténtico bienestar, necesitamos un propósito vital, autonomía, crecimiento personal, relaciones positivas y dominio de nuestro entorno. Es decir que nuestra vida tiene un porqué. En consecuencia lo que de verdad motiva al ser humano , no es poder, ni el placer, , en realidad lo que nos mueve es el sentido de aquello que nos hace levantarnos cada mañana, y que merezca la pena incluso en la peor de las circunstancias. Sentir que pertenecemos a una comunidad es una necesidad humana tan importante como la amistad o la familia. También es necesario el propósito, es decir sentir que nuestra vida tiene un porqué. Por otra parte, necesitamos la implicación social, es decir el deseo de pertenencia, que representa la capacidad de establecer y mantener vínculos interpersonales estables con otras personas. Significa conectar con los demás, formar parte del tejido social, sentir que tu presencia cuenta, que no eres sólo uno más. Y esto implica que en las relaciones no solo contabiliza el amor, la familia, o la amistad, también cuenta las relaciones con nuestros vecinos, con nuestros compañeros o excompañeros de trabajo, y con los clientes, e incluso con el camarero de la cafetería que visitamos cada día, también importan. Y podríamos llevar esta idea más allá, es decir necesitamos formar parte del mundo en el que vivimos, estar conectados con la vida social, política, e incluso con aquellos que no puede hablar, es decir con la flora y fauna autóctona, con nuestra geografía, con el lugar donde vivimos.Y todo ello nos lleva a sentir el amor a la vida. Y es quizá es solo que necesitemos para vivir felices enamorarnos de la vida, formar parte del tejido vivo, alejarnos de esas cuatro paredes que nos amordazan y empaparnos de vida.
A lo largo de estas reflexiones se abre un mundo, para que cada cual, desde la libertad y el respeto, se apoye en los valores que ha buscado, luchado y practicado, a lo largo de su vida. En mi caso, los valores del Madridismo, siempre me han ayudado a luchar, y a seguir adelante. Y siempre, con humildad, sin pretensiones disfrazadas, y a mi manera, es decir, como la fuente, a la que recurrir, para saber enfrentar los retos de la vida, que me han puesto a prueba, y me siguen poniendo cada día.
Así que, reflexionar, es necesario, para que cada uno, siguiendo los consejos, pueda sacer las conclusiones para aplicarlas a su vida, y encontrar argumentos para sentirse feliz. Y lo que es más importante, ser capaz, en libertad, de trabajarlo, de buscarlo con ahínco, y de transmitirlo a los demás, y mejor con ayuda y el empuje de nuestra increíble luz mediterránea.