José Enrique Bernabeu Pérez nos envía este artículo:

Con referencia a la prisión de la que “gozan” los lideres de los principales partidos políticos catalanes, las palabras pronunciadas días atrás por el Sr. Iglesias tachando su situación de anormalidad política, han sido, como no podía ser de otra forma, motivo de crítica y descalificación para buena parte de la ciudadanía, medios y partidos políticos de la oposición. No es normal que todo un Vicepresidente del Gobierno cuestione la calidad democrática de España, mientras elogia regímenes bolivarianos y totalitarios. Como no lo es que tras tres días de cómplice silencio, el Sr. Sánchez, Jefe de ese mismo, conviene recordar, Gobierno, pase de puntillas sobre tales declaraciones.
Es indudable que nuestro País vive actualmente sumido en la anormalidad. Pero una anormalidad muy distinta a la que alude Don Pablo.
Anormalidad es que un candidato a la presidencia de España acuda a unas elecciones montado en la mentira y en la felonía sin que ello le suponga ningún desgaste político. Que lo que para cualquier político de cualquier País de nuestro entorno, supone su dimisión si no su cese solo por el hecho de copiar un párrafo de su tesis, para nuestro hoy Presidente no le suponga el más mínimo sonrojo. Anormalidad es que la esposa del Presidente sin ser catedrática ni doctora ni siquiera licenciada, se la coloque en la Complutense para codirigir una cátedra. Como de anormalidad puede hablarse el que se cree un oneroso y panfletario Ministerio para entretenimiento de la pareja del Vicepresidente, sin que en ella recaiga capacidad, mérito o mérita alguno o alguna.
Anormalidad es que una militante del partido en el Gobierno y anterior ministra de justicia, sea nombrada Fiscal General del Estado. Que el Poder Judicial sea atacado desde el Ejecutivo en un obsceno intento de controlar a los jueces. Anormalidad es que las resoluciones judiciales,una tras otra, sean pasadas por el arco del triunfo independentista. Que un ciudadano sea multado y ninguneado por hablar la lengua oficial de su País, en la que constitucionalmente tiene derecho a expresarse. O que tenga que abandonar su tierra, negocio y forma de vida, por el violento hostigamiento al que se ve sometido por un separatismo recalcitrante.
Anormalidad es que en los colegios de ciertas Autonomías se arrincone e insulte, incluso por los propios docentes, a los niños que se manifiestan en Castellano su lengua materna. Anormalidad es que se falsee a esos niños, en aras de un retrógrado independentismo, la historia de una Nación como España. Que sean educados en el odio contra todo lo que pueda representar la Nación Española a la que pertenecen. Que igualmente sean escarnecidos por el mero hecho de ser hijos de miembros de los cuerpos de seguridad del Estado. O que por medio de una sectaria ley educativa, sean educados en la laxitud académica y no en la meritocracia. Condenándoles con ello a una carencia de conocimientos que sin duda han de lastrar su futuro laboral y profesional, así como el de su País.
Anormalidad es que mientras se intenta silenciar a las victimas del terrorismo, sus verdugos son declarados hombres de paz, reciben homenajes como héroes e incluso se convierten en socios preferentes de un Gobierno interesadamente consentidor. Como lo es el buscar atajos en la legislación, incluso modificándola, para beneficiar a quienes nunca se arrepintieron de sus actos y a quienes, condenados por ello, dieron un golpe de Estado y amenazan con volverlo a hacer.
De anormalidad puede hablarse cuando quienes, en la toma de posesión de sus cargos, acatan Constitución y Monarquía para después defecar sobre ellas y entre apretón y apretón poner ambas en cuestión. O que una vez ya miembros del Gobierno, atenten contra la imagen e intereses de España en las relaciones con sus socios europeos o sus vecinos del sur.
Anormalidad es la que representa la presencia de quienes no creen en España ocupando escaños en el Parlamento y el Senado por causa de una ley electoral que privilegia, frente a los de otras Regiones, los votos obtenidos en el País Vasco y Cataluña. Parlamento y Senado donde por su papel, méritos, capacidad y comportamiento, sobran la mitad de sus miembros.
Anormalidad es que un Gobierno que hizo de la transparencia bandera, oculte información y se niegue a dar explicaciones sobre cuestiones relacionadas con la Pandemia, las vacaciones y viajes presidenciales, la figura de la niñera con cargo al erario, la nocturna entrevista con cierto personaje vetado por la UE y el problema migratorio que se vive en Canarias. Así como el reparto de los fondos europeos, la presunta prostitución de menores tuteladas y las presuntas irregularidades financieras entre otras corruptelas.
Anormalidad es que un sujeto que se dedica a amenazar e insultar a políticos y miembros de cuerpos de seguridad al tiempo que jalear a terroristas, sea considerado artista prostituyendo con ello tan digna profesión. Como lo es el que la letras de sus, dicen, canciones, sean consideradas libertad de expresión. Y que su encarcelamiento por otras cuestiones al margen de sus letras, den paso a una serie de desordenes públicos y actos vandálicos provocados por los profesionales de la cosa, a los que, he aquí la anormalidad, se arenga y jalea desde una parte del propio Gobierno amén de otros cargos políticos que, vergonzosamente, exigen depurar responsabilidades por la actuación de las fuerzas del orden, mientras que huyendo de la propia, justifican la anarquía y el pillaje. Y ello ante la desolación e indignación de aquellos que arruinados ya por restricciones y estados de alarma, son testigos impotentes de los destrozos en sus ciudades, comercios y establecimientos .
Hoy, España, a pesar de los ataques de quienes debieran defenderla, a pesar de lo que afirma el Sr. Iglesias, es una democracia consolidada y como tal reconocida internacionalmente. Solo así puede entenderse que un personaje como él, representante del totalitarismo más rancio, pueda llegar a ocupar la Vicepresidencia de un País como España, y un desvergonzado trilero la Presidencia.