Obituario Aida Crespo Espinós: Una vida con las puertas siempre abiertas

José Luis Enríquez León / Periodista y socio de la ONG Guaguacuna

Hay personas que saben que los sueños se pueden hacer realidad. Basta con proponérselo y actuar. Entre esas personas se encuentra Aida Crespo, una mujer ejemplar que demostró que los sueños, siempre que no se abandonen, nunca desaparecen. Ella ya se ha ido, pero será recordada como una de esas mujeres valerosas que representan la esperanza en el futuro. Aida disfrutó de la vida tanto como de los higos que saboreaba con placer y que endulzaban su paladar. Su arrolladora personalidad, siempre con una sonrisa en el rostro, se cimentaba en la alegría y el optimismo. No solo fue feliz con cada bocado que daba a la vida, sino que hacía felices a todos los que estaban a su alrededor.

Aida no lo tuvo fácil. Nació en los alrededores rurales de San Vicente del Raspeig, en pleno fragor de la Guerra Civil. Creció en el campo, entre tierras de cultivo, con la mirada puesta mucho más allá de aquel paisaje. Desde niña soñó con horizontes más amplios y, a lo largo de sus 89 años, tuvo el coraje de buscarlos cada día. Hoy nos deja, pero su legado de solidaridad y amor propicia que otros mantengan viva la llama de su sueño: hacer del mundo un sitio mejor.

Aida Crespo fue una mujer adelantada a su tiempo. Mientras criaba a sus seis hijos, rompió moldes y puso en marcha dos boutiques que, desde los años setenta hasta julio de 2008, se convirtieron en todo un símbolo de diseño, elegancia y modernidad. Muchos recuerdan estos días que fue la primera mujer de San Vicente del Raspeig en vestir pantalones vaqueros. Fueron años de trabajo, creatividad y esfuerzo, compartidos con su familia y con Pepe, su esposo, Pepe el de la Sal, cuya muerte en 2008 marcó el final de una etapa, pero nunca el final de su espíritu inquieto.

Hace casi treinta años, cuando se jubiló, emprendió la que sería, quizá, su aventura más profunda. Era una mujer tan valiente que caminó sin miedo y sin límites. Ese espíritu la llevó a viajar hasta Ecuador, donde encontró una nueva razón para vivir y para dar lo mejor de sí a los demás: la ONG Guaguacuna Niños de Mojanda. Y fue así como sus firmes pasos la condujeron hasta Ecuador, en concreto a las comunidades indígenas de Mojandita y Otavalo. Allí dejó una profunda huella de amor que no se mide en cifras, sino en personas. Ofreció posibilidades a cientos de niños para tener un futuro mejor.

En esta cruzada personal comprendió que ayudar no consistía únicamente en dar cosas. Consistía en abrir caminos, ofrecer oportunidades y educar. Aida creía profundamente en la educación como herramienta para transformar vidas. Lo primero que hizo en Mojandita fue montar una pequeña cocina en una escuela para que los niños comieran. En muy poco tiempo aumentó el número de niños que iban a la escuela por una sencilla razón: podían comer. Luego vinieron un comedor, la guardería y otros proyectos.

De esta manera, el sueño de Aida cobró aún más fuerza porque como nunca se cansaba de repetir, “la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”. Dicen que el movimiento se demuestra andando y eso fue lo que hizo porque bajo esa premisa impulsó desde la nada, casi como si se tratara de un milagro, la ONG Guaguacuna.

Aida encontró en los niños una fuente inagotable de alegría. Era inmensamente feliz con un pequeño entre sus brazos. Esa es, precisamente, la imagen que mejor retrata a mamá Aidita, que es como la denominan cariñosamente en el país andino. Los niños le aportaron una felicidad indescriptible, así como el convencimiento de que cada gesto por ellos, por mínimo que sea, puede cambiar una vida.

Lejos de la grandilocuencia, su manera de entender la solidaridad comenzaba desde la humildad. “Si esto lo puede hacer todo el mundo, es abrir una ventana y se abren todas las puertas”, afirmaba con una enorme sonrisa, la misma con la que contagió de alegría a todos los pequeños que sostuvo entre sus brazos. Detrás de cada ventana que Aida abrió, encontró una posibilidad de ayudar, aprender, enseñar y hacer algo por los que menos tenían. Sentía que lo que ella recibía de esos niños siempre era mucho mayor de lo que les aportaba.

En este triste momento, su legado permanece y otros toman su testigo para seguir adelante con todo lo que Aida construyó a casi nueve mil kilómetros de distancia de Alicante. Por eso, al recordarla no hay que hacerlo con la tristeza de quien mira una puerta que se cierra, sino con la certeza de que ella enseñó precisamente lo contrario: siempre hay una ventana que abrir y que, cuando se abre una, pueden abrirse todas las demás.

“Uno no lo puede hacer todo, pero lo que pueda, lo debe de hacer”, era la frase que Aida repetía de manera recurrente. Aida lo hizo durante 89 años. Y ahora, la ONG Guaguacuna tiene más fortaleza para proseguir con el sueño que forjó una inolvidable mujer de San Vicente del Raspeig.

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