Texto de Pascual Andrés Tévar

En esta vida azarosa y compleja, sin disciplina de horarios ni presiones, desde la jubilación a los 73, a veces tengo la sensación de estar perdido y de no encontrarme a mí mismo. Voy a intentar reflexionar a través de esta hermosa y libre ventana de SOMOS RASPEIG, en este inmenso debate, como decía el filósofo Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”.
A veces no me encuentro a mí mismo cuando siento que la memoria no me acompaña. Entonces, tengo que recurrir al móvil para buscar ese nombre de una película, de un actor, de un director, de un periodista, de una ciudad o de cualquier otra cosa que me tiene preocupado y en debate conmigo mismo. Aunque lo encuentro, tengo la sensación de que las posibilidades de mi memoria se van reduciendo con el paso del tiempo, y que no me queda más que saber buscar lo que ya no alcanzo a recordar. El paso del tiempo me va situando en las dificultades de la memoria porque las inseguridades han sido norma de mi vida en todas sus circunstancias. Pobre de mí, si me basara en certezas, porque estaría invadido por pensamientos de superioridad, rayando en la violencia. Pienso que la humildad me libra cada día de angustias existenciales y me hace más cercano y dialogante.
A veces no me encuentro en la forma de organizar mi vida, y tengo la sensación de estar en una isla en medio del océano. Intento concentrarme con la mirada en mi ordenador, en los papeles y en las notas encima de la mesa de la habitación de casa, que he convertido en mi particular despacho. Aunque no sé exactamente lo que busco, me conformo con intentar alguna respuesta en mi debate interno, sin orden ni concierto aparente. En el fondo, el tener ese debate ya es un aliciente para seguir inquieto.
A veces no me encuentro, pero siento que es vitalmente necesario entender a la compañera de mi vida, con la que camino desde hace más de 50 años, de otra forma, fuera de la monotonía. Busco con paciencia y serenidad en las palabras, en las miradas, en las complicidades, en los besos y en esos encuentros anhelados de amaneceres, para descubrir pasiones y ansiedades que no tienen otra forma de medir el tiempo. Es una mezcla extraña de saber buscar sin esperar nada a cambio y de dejar que el tiempo no te domine ni te condicione. Porque, al fin y al cabo, hay detalles donde se para el tiempo y que, si sabes encontrarlos, te ayudan a compensar dudas y desafíos. Aunque te dejan el debate abierto, con el que hay que pelear duro cada día, tengo claro que, aunque no me encuentre, una mirada suya me pone a salvo de las tempestades y me devuelve a la orilla calmada. Al menos en esos momentos, puedo encontrar la forma de reflexionar para seguir adelante con esa magia que no se apaga nunca.
A veces no me encuentro en la forma de relacionarme con mi hijo, en la distancia de la ciudad donde reside por trabajo y por vida, en Alcázar de San Juan. Aunque sea a cuentagotas, estamos en contacto y sabemos entendernos y apoyarnos sin involucrarnos en nuestras respectivas vidas. La libertad se desenvuelve en nuestra forma de relacionarnos. Aunque a veces siento que debería ser más comunicativo, más abierto, como no encuentro la forma de hacerlo, me debato conmigo mismo y con mis silencios. De alguna manera, encuentro respuestas para seguir mi camino, aceptar el suyo y ser humilde para saber ayudarle. Al fin y al cabo, siento el orgullo de ser su padre y de luchar para estar a la altura.
A veces no me encuentro con mi hija y su vida en el piso tutelado, en el desafío permanente de la convivencia con su enfermedad mental, para aceptarla, convivir con ella y saber hacer una vida normal a nuestra manera. Hemos establecido unos códigos que nos conectan desde el despertar por WhatsApp y sabemos entendernos a nuestra manera, enfrentándonos a los problemas y a las tempestades diarias. Luchamos por encontrar la calma y el sosiego, pese a las ansiedades, vaivenes y sufrimientos de por medio. De alguna forma, sabemos buscar la orilla de la playa tranquila, aunque a veces nos turba la tempestad. Pero siempre tenemos claro que, cueste lo que cueste, vamos a encontrar la calma para seguir adelante cada amanecer. Es estar conscientes de que la lucha mezclada con la incertidumbre estará viva desde el amanecer, y eso me ayuda a reencontrarme, como un barco que, después de la tormenta, encuentra el puerto y lucha sin descanso por ponerse a salvo. Y siento el orgullo de ser su padre porque el reto de su enfermedad me hace sentir que tengo que estar a la altura de la responsabilidad que la vida me ha dado.
A veces no me encuentro con los amigos del alma y me puede la ansiedad de no poder tenerlos cerca. Pero, por otra parte, pongo en marcha mis debates internos y de alguna manera encuentro la forma de no sentirme solo y perdido, y veo la luz al final del túnel y percibo que los tengo cerca. Aunque no pueda conectar ni hablar con ellos en un momento determinado, sé que están a mi lado y, de alguna manera, me transmiten mensajes de apoyo y de fe en la lucha diaria. Soy consciente de que habrá momentos de poder comunicarme con ellos sin que la ansiedad me colapse en la espera, porque los buenos momentos van a llegar y compensarán las dudas de la espera.
A veces no me encuentro en medio de la responsabilidad y exigencia de la Peña Madridista San Vicente del Raspeig, y pienso, siento y me debato en las dudas de no saber estar a la altura. En esa exigencia, pienso en dejarlo todo y refugiarme en mis pensamientos y en mi casa. Pero en ese instante, se encienden las alarmas, y al mismo tiempo veo una luz al final del túnel que me impulsa a continuar. Porque siento que no voy a estar nunca solo en ese camino, rodeado de los buenos amigos de toda una vida. Al final, por grandes y duros que sean los retos, son más grandes los valores que nos unen, y eso puede con todos los miedos y desafíos. Esa es otra buena terapia para no hundirse en ansiedades, para reencontrarse de alguna forma, a modo de terapia, sin caer en círculos viciosos que no te dejan ver una luz al final del túnel.
Así que, si a veces no me encuentro, he terminado por aceptarlo como parte de mi vida, porque, de este modo, forma parte de mi forma de luchar y de darle sentido a las ansiedades y al sufrimiento de cada jornada. Al mismo tiempo, combato cualquier tipo de aburrimiento y monotonía, y pongo la salsa para que cada despertar tenga sentido y me convoque a los retos que le dan significado a saber vivir y compartir en libertad, con el empuje infinito de nuestra increíble luz mediterránea.