Miguel Marcos Chanca

…y finalmente me dijo: “déjame que te cuente mi caso”. Y no pude dejar de apreciar una reminiscencia literaria, “mi caso”, una referencia al “Lazarillo de Tormes”: libro de aprendizaje donde los haya. Reminiscencia, claro, que tal vez solo vi yo. “Ya tardas”, dije expectante, asumiendo ese rol de escuchante que tanto me gusta, al tiempo que pedía un par de cafés, que bien maridan siempre con las buenas conversaciones.
…que lo nacieron en Madrid, comenzó a decirme, pero que pronto lo bautizaron con el airecillo burlón del mar andaluz. Que el colegio y las clases de baile en la academia de Pedro Palomeque eran los recuerdos que lo arraigaban a su infancia: acogida. Más tarde el instituto lo expulsó y lo tejieron de residuo a reciclar. Que no bastaba con nacer, me insistió, que había que moverse, y ajeno a familias y a todo lo demás firmó su primer contrato como bailarín a los 14 años. Y que desde entonces había viajado bailando… o bailando había viajado, no estaba seguro.
“Viajar es otro modo de aprender”, le dije convencido. Que sí, que sí, que estaba de acuerdo, me contestó, que viajar otorgaba sobre todo perspectiva, además de aquello que llamaba la “lección de las cosas”: ese aprendizaje imborrable a través de la experiencia directa con el entorno, los objetos y los paisajes, aquello no reglado que te marca el alma y te configura como persona. En Moscú, por ejemplo, había aprendido que los finales le resultaban tristes; en Marruecos, me dijo, aprendió el arte del disimulo; en Ostende, que las formas en la arena no persisten, que todo muda, como su cuerpo, que era ya caduco, que bien lo sabíamos a estas alturas de la vida. Y que su rodilla crujía en el zapateado y caducaba entonces su baile. Y tuvo que reinventarse, la quietud no era opción.
—Y viniste a la Escuela de Adultos: centro de oportunidades.
—Eso es: necesitaba actualizarme, aumentar mis opciones para encontrar otro empleo.
—A eso lo llamamos mejora de la empleabilidad.
Y continuó relatándome, yo escuchando: que le dolía redactar el currículo sin apenas escribir nada en el apartado de “formación”; que le dolía en el alma, no en la rodilla. Que de nada le había valido esa lección de las cosas en el currículo; un currículo, por cierto, que solo hablaba de “alegrías, bulerías y seguiriyas”; o danzas rusas, pasodobles o tarantelas.
—¿Y cómo diste con nosotros?
—Yo había pasado muchas veces por allí, por Pérez Galdós, 34, pero me daba vergüenza, la verdad, vergüenza por admitir una especie de fracaso. Finalmente me decidí y no me arrepiento en absoluto. Ya sabes que primero fue el título de secundaria y luego más tarde hice el curso de acceso a la universidad para mayores de 25 años. Pretendí ser un eterno estudiante de la Escuela de Adultos. Más tarde me enrolé ya en un Ciclo Superior, que he superado recientemente.Y mi currículo se ha ensanchado, tanto como yo.
—Me alegro mucho, de verdad. ¿Y ahora qué?
—Pues no sé, no estoy seguro, pero “de lo que de aquí adelante me sucediere, avisaré a Vuestra Merced.”
…y doy por buenas esas últimas palabras y se me cierra entonces la reminiscencia literaria. Pago. Dos tazas vacías. Nos damos un abrazo afectuoso y sincero. Tomamos direcciones distintas. Y no puedo disimular, dirección a la Escuela de Adultos, una sonrisa de satisfacción: la lección de las cosas.