
En una crónica anterior mencionaba que la Rambla constituye el eje articulador de nuestra ciudad, funcionando como columna vertebral de su estructura urbana. Esta vía se extiende desde la partida de El Salt en el norte, con proyección hacia el límite con Mutxamel, y se adentra por el sur en la Condomina, sobrepasando el límite con Alicante. Señalaba entonces que el puente situado junto a Benimagrel interrumpe la continuidad de esta gran vía pública desde la Plaza de la Constitución hasta su unión con Nou Nazareth. Es en este último punto donde el trazado recupera su diseño original, concebido para dar servicio tanto a los automóviles como, especialmente, a los peatones. En efecto, el puente, con sus rampas y terraplenes de acceso, aunque facilita el cruce de la Avenida Miguel Hernández para los vehículos, dificulta el tránsito peatonal e interrumpe bruscamente la continuidad urbana, obstaculizando así las actividades sociales de la ciudadanía.
Evocando la clásica premisa de que la ciudad se constituye por las personas —los ciudadanos— antes que por sus elementos físicos, contemplo los terraplenes de bajada del puente, situados entre la parte posterior de Benimagrel y las urbanizaciones de enfrente, en vez de la avenida de 30 metros de ancho que imaginé transformada en un gran paseo donde los ciudadanos caminaban por amplias aceras entre árboles.
Cuando en la década de los setenta del siglo pasado se construyó este puente, imperaba una época de proliferación de los “escalextric” en el interior de las urbes; ninguna ciudad que se preciara de moderna prescindía de ellos. ¡La ciudad al servicio del automóvil! Este era el principio que se imponía en todo el mundo desarrollado: los coches eran cada vez más grandes y su número crecía aceleradamente. En consecuencia, las ciudades se reformaban o desarrollaban priorizando las necesidades del automóvil. En ese contexto, la construcción de un paso elevado para cruzar la carretera se consideraba la opción mejor valorada. La solución adoptada para el cruce peatonal consistió en un túnel bajo la carretera que no resolvió el aislamiento de Benimagrel. Así, los vecinos de este barrio —así como los residentes del casco urbano que acudían a sus apreciados establecimientos— debían cruzar la vía bajo tierra con temor por su seguridad, entre efluvios de orín y soportando frecuentes inundaciones de aguas negras. Sobre ellos se alzaba la mole del puente y el gran terraplén, conformando una barrera paisajística en su entorno.
A principios de este siglo, en un contexto histórico diferente, los efectos del exceso de automóviles en las ciudades ya evidenciaban la necesidad de recuperar espacios urbanos para los peatones. Mientras numerosas ciudades adoptaban medidas más o menos contundentes para rescatar estos espacios ocupados por el vehículo y ponerlos al servicio de la ciudadanía, surgió la oportunidad de revertir el problema del puente, otorgar continuidad funcional a la Rambla e integrar en un mismo entorno urbano los núcleos situados a ambos lados de la Avenida Miguel Hernández. Esta oportunidad se materializó en el año 2001, cuando se decidió desarrollar de forma conjunta varios sectores de suelo urbanizable ubicados entre Benimagrell y el término municipal de Alicante, integrando así los núcleos y urbanizaciones dispersas que habían proliferado en este entorno durante las últimas décadas del siglo XX.
El Programa de Actuación Integrada integró todos los sectores de suelo urbanizable restantes en esta zona, muchos de los cuales eran remanentes del urbanismo de finca propio de los años sesenta del siglo pasado. Se acordó denominar a este nuevo barrio Nou Nazareth por considerarlo representativo del lugar. Asimismo, se exigió la ejecución de obras exteriores al ámbito del PAI para asegurar la integración del nuevo espacio con la ciudad existente y evitar la formación de una zona aislada. De este modo, se pretendía prevenir la segregación espacial y social, garantizando la cohesión territorial y funcional del nuevo desarrollo con el tejido urbano consolidado.
Esta condición fue asumida por la empresa que resultó adjudicataria del PAI, dotando una partida presupuestaria en su oferta de 350.000€ para estas obras, liberando de los costes tanto al Ayuntamiento como a los propietarios del sector. El Ayuntamiento determinó las obras a ejecutar y decidió la demolición del puente y crear una amplia avenida desde la Plaza de la Constitución hasta el entronque con Nou Nazareth. El cruce de la carretera lo resolvía una glorieta con funciones de rotonda, al tiempo que facilitaba el cruce semaforizado también para los peatones a través de la glorieta, disponiendo un gran espacio ajardinado entre los dos sentidos del tráfico de la Avenida Miguel Hernández.
A finales del año 2005, la concepción básica de la solución técnica y estratégica ya estaba prácticamente pergeñada en su totalidad, mientras que, simultáneamente, la tramitación y el desarrollo administrativo del PAI de Nou Nazareth avanzaba gradualmente hacia su consolidación definitiva.
Un año después, el proyecto de urbanización del PAI se encontraba próximo a su aprobación definitiva. Existía la expectativa de que la demolición del puente y la construcción de la nueva avenida se ejecutaran de forma simultánea para su puesta en funcionamiento conjunta. Esta obra proyectaba una nueva imagen de Sant Joan, un nuevo desarrollo de calidad para la ciudad, plenamente integrado con los espacios consolidados.
Sin embargo, a principios de 2007, cuando todo estaba preparado para el inicio de las obras, surgió una discrepancia en el seno del grupo político del gobierno municipal sobre la conveniencia de ejecutar dicho proyecto. El alcalde intervino en el desacuerdo señalando que, ante la proximidad de las elecciones municipales y dado que ni él ni el concejal de urbanismo impulsor del proyecto continuarían en la corporación, lo más prudente era esperar a los comicios para que el nuevo gobierno decidiera. Las obras de Nou Nazareth comenzaron en abril de 2007; el proyecto de demolición del puente estaba concluido y la empresa encargada de ejecutarlo ya había sido contratada por el urbanizador. Las elecciones municipales consolidaron al frente del Ayuntamiento al partido político, con una composición renovada, que había impulsado el proyecto. ¡El nuevo gobierno renunció al proyecto por considerarlo innecesario!
Han transcurrido más de 20 años, durante los cuales se han sucedido cinco corporaciones municipales, cuatro alcaldes y tres formaciones políticas distintas. Las diversas versiones del nuevo Plan General de Ordenación Urbana, todas ellas —incluido el plan aprobado definitivamente— contemplaban la demolición del puente para transformar la Avenida Miguel Hernández en un gran bulevar. Aunque se han planteado múltiples alternativas, algunas más ingeniosas que otras, ninguna ha logrado definir un sistema de financiación viable para esta actuación. Asimismo, hasta la fecha, ningún gobierno municipal ha tenido la determinación necesaria para ejecutar esta obra y demoler el puente.