Adrián García. Portavoz del Grupo Municipal VOX

En esta semana, en la que muchos sanvicenteros hemos tenido que cumplir con nuestra obligación con el fisco pagando el correspondiente IRPF, y los autónomos y pymes ya están pensando en sus deberes tributarios del trimestre, es inevitable no indignarse cuando uno ve o escucha las noticias diarias plagadas de casos de corrupción.
Y es que prácticamente todos los días están saliendo a la luz tramas y presuntos delitos de corrupción que alcanzan a todas las instituciones que el partido socialista de Pedro Sánchez ha pretendido controlar colocando a personas afines, con pocos escrúpulos pero con muchas ganas de ganar dinero de forma rápida y, como estamos viendo, infringiendo numerosos artículos del Código Penal.
Son tantos los casos que están siendo investigados judicialmente y que afectan a cargos socialistas, que sería imposible enumerarlos en estas breves líneas. Lo último de lo que tenemos noticia, a parte del caso Zapatero, es de la presunta existencia de una trama en la SEPI con nada menos que 25 imputados.
Pero sería un error pensar que los innumerables casos de corrupción que están siendo juzgados (y los que vendrán), merecen solo un reproche ético o moral. Tampoco se puede confiar en que las penas de cárcel que ya se están imponiendo, como en el caso Abalos, supongan de por sí una reparación del daño causado.
Cada euro desviado a comisiones ilegales, contratos inflados o redes de clientelismo, es un euro que se detrae directamente de los servicios públicos, es un euro que no va a sanidad, a arreglar vias de tren o a viviendas protegidas. Colocar en puestos de alta responsabilidad a personas carentes de preparación, cuyo único mérito es la fidelidad ciega al partido o la devolución de favores personales, es una forma de corrupción que nos cuesta dinero, pero también vidas.
Por tanto, es un deber de todos nosotros no caer en el error de insensibilizarnos ante tal avalancha de casos de corrupción que provoca que, asuntos que antes llenaban portadas durante meses, ahora se hayan convertido en el pan de cada día y sean opacados por nuevas noticias de corrupción, que a su vez serán relegadas por el nuevo escándalo de cada semana.
Si los españoles llegamos a asumir como normal este estado de corrupción institucional generalizado será señal de que definitivamente estamos abandonando el ámbito de las democracias occidentales avanzadas y hemos entrado a formar parte de los regímenes “bananeros”, comprometiendo con ello seriamente el futuro de las generaciones más jóvenes.