Bruno Alcaraz Espí
Los nombres de los pueblos parecen eternos. Cambian sus calles, sus edificios y sus habitantes, pero el nombre permanece. Sin embargo en el caso de San Vicente del Raspeig fue una excepción. Así las cosas, durante la Guerra Civil dejó de llamarse San Vicente y pasó a denominarse Floreal del Raspeig. No fue una ocurrencia estética ni un simple cambio administrativo. Fue una declaración política.

Borrar al santo, anunciar un tiempo nuevo. “Floreal” era el nombre de uno de los meses del calendario republicano francés y evocaba la primavera, la floración y el nacimiento de una nueva época. La elección tenía una carga simbólica evidente: se eliminaba la referencia religiosa de “San Vicente” y se sustituía por una palabra ligada al republicanismo y a la transformación revolucionaria. Se conservaba “del Raspeig”, la raíz territorial, pero se modificaba la identidad pública del municipio.
También cambió el escudo. La corona tradicional fue sustituida por una corona mural republicana y desaparecieron elementos vinculados al santo. El propósito era claro: no bastaba con administrar el pueblo de otra manera. Había que representarlo también con otros símbolos.
Un nombre que llegó a la estación. Floreal del Raspeig no quedó reducido a los discursos políticos. En 1937 se tramitó oficialmente el cambio de denominación de la estación ferroviaria. El nuevo nombre empezó a aparecer en documentos, comunicaciones y servicios públicos.
Quien comprara un billete, enviara una mercancía o recibiera una comunicación desde fuera ya no encontraba San Vicente, sino Floreal. Ese detalle demuestra que el cambio tuvo una dimensión real. El municipio quiso presentarse ante el exterior con una identidad nueva.
La moneda de Floreal. Uno de los testimonios más sorprendentes de aquella época es su papel moneda. Durante la guerra escaseó la moneda fraccionaria en muchas localidades republicanas. Para permitir las compras cotidianas, ayuntamientos y consejos municipales emitieron vales de circulación local.
Floreal del Raspeig imprimió billetes de 25 céntimos, 50 céntimos y una peseta. Aquellos papeles servían para comprar alimentos, pagar pequeñas cantidades o completar una transacción en el mercado. No eran grandes proclamas ideológicas, pero precisamente por eso tienen tanto valor histórico.
Nos recuerdan que Floreal no fue solo un nombre en un acta. Fue una realidad que pasó por las manos de los vecinos cada vez que compraban pan, aceite o cualquier producto básico. Hoy esos billetes sobreviven en museos y colecciones privadas. Son una prueba material de que aquel municipio existió y tuvo incluso una moneda propia.
Un pueblo obligado a seguir funcionando. Detrás del nuevo nombre se encontraba un Consejo Municipal que debía gestionar una población en guerra.
Había que atender el abastecimiento, la producción, los transportes, la defensa y las necesidades de quienes permanecían en la retaguardia. Las organizaciones republicanas, socialistas, comunistas y libertarias formaban parte de una vida política intensa, pero la administración no podía limitarse a los símbolos.
Floreal tenía que seguir funcionando mientras todo a su alrededor se descomponía. Esa es quizá la parte menos visible de la historia: mientras cambiaban el nombre, el escudo y la moneda, alguien debía garantizar alimentos, organizar recursos y mantener abiertos los servicios municipales.
El regreso de San Vicente. En 1939, tras la victoria franquista, el municipio recuperó el nombre de San Vicente del Raspeig. Desaparecieron Floreal, la corona mural y los símbolos republicanos.
El cambio no fue simplemente administrativo. Llegó acompañado de represión, encarcelamientos, exilio y silencio. Durante décadas, Floreal quedó reducido a una rareza histórica, a unos billetes guardados y a recuerdos fragmentarios.
Pero aquel nombre todavía plantea una pregunta. ¿Qué lleva a un pueblo a intentar cambiar su propia identidad?. Se discute si toda la población apoyó aquella transformación o si el cambio fue excesivo, precipitado o impuesto por el contexto revolucionario. La historia nunca es uniforme. Lo que no puede negarse es que, durante un breve periodo, San Vicente quiso ser otra cosa.
Cambió su nombre, su escudo, su administración y su moneda. Intentó presentarse como una comunidad nueva nacida en medio de una guerra.
Aquel proyecto fue derrotado, pero no por ello dejó de existir.
Los pueblos no están hechos únicamente de la historia que triunfó.
También están formados por los futuros que alguna vez imaginaron.
Floreal del Raspeig fue uno de esos futuros.
¿Te imaginas?