
Hay cifras que no deberían formar parte de ninguna estadística. Hay números que representan vidas arrebatadas, familias destrozadas, hijos e hijas huérfanos y proyectos vitales truncados por la violencia más cobarde. Desde que comenzaron a registrarse oficialmente los asesinatos machistas en 2003, 1.368 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas. En lo que llevamos de este año ya son 31. Veintisiete mujeres menos. Veintisiete fracasos colectivos.
Y, sin embargo, existe el riesgo de acostumbrarnos. De que cada nuevo asesinato ocupe unas horas de atención mediática para caer después en el olvido hasta que el siguiente vuelva a recordarnos que la violencia machista sigue instalada entre nosotros. Esa normalización constituye uno de los mayores peligros. Porque cuando una sociedad deja de estremecerse ante la barbarie, comienza a convivir con ella.
Resulta especialmente preocupante que, mientras la inmensa mayoría afirma rechazar el machismo, continúen presentes muchas de sus manifestaciones más perversas. La idea de que un hombre pueda controlar la forma de vestir, de pensar, de relacionarse o de vivir de una mujer sigue aflorando, unas veces de manera explícita y otras bajo formas mucho más sutiles, pero igualmente dañinas. En su expresión más extrema aparece la convicción de que, si una mujer decide ser libre, también puede arrebatársele la vida. Esa no es una cuestión privada ni un conflicto de pareja. Es la consecuencia más brutal de una cultura de dominación que todavía no hemos conseguido erradicar.
Tampoco podemos permitir que el negacionismo distorsione la realidad o minimice la magnitud del problema. Su efecto va mucho más allá. Alimenta el rechazo a las políticas de igualdad, banaliza la discriminación y contribuye a reinstalar en una parte de la sociedad formas de pensar y de actuar que creíamos superadas, pero que siguen sustentando la idea de que las mujeres pueden ser controladas, sometidas o incluso eliminadas cuando deciden ejercer su libertad. Negar la violencia machista no protege a nadie; únicamente desarma a la sociedad frente a ella y fortalece el caldo de cultivo del que se alimenta el machismo asesino. Los hechos son tozudos y las cifras hablan por sí solas.
Frente a ello no basta con condenar cada asesinato. Es imprescindible educar en igualdad desde la infancia, impulsar una auténtica coeducación, desarrollar campañas permanentes de sensibilización, fortalecer la prevención y mantener políticas integrales capaces de actuar con contundencia y sin ambigüedad antes de que la violencia se produzca. Solo así podremos aspirar a una sociedad donde ninguna mujer tenga que temer por su vida por el hecho de ser mujer y donde ningún hombre vuelva a creerse con la autoridad para decidir sobre la libertad, la dignidad o la vida de una mujer.
El próximo 30 de julio, a las 20 horas, en el Paseo Marítimo de El Campello, la Plataforma por la Igualdad Raspeig, Alianza de Mujeres Feministas de Alicante y la Plataforma Violeta de El Campello volverán a recordarnos que el silencio nunca ha salvado a nadie. Porque mirar hacia otro lado también tiene consecuencias. Y porque cada mujer asesinada nos interpela a todos. No seamos indiferentes. No seamos cómplices. Sólo una sociedad que reacciona unida puede poner fin a esta insoportable sangría