
Hay saberes que no están escritos en los libros.
Se quedan en las manos arrugadas, en la mirada de los viejos, en las historias que se cuentan despacio cuando la tarde cae sobre el pueblo.
Pero los jóvenes pasan deprisa y ya casi nadie pregunta.
Nadie pregunta cómo era vivir mirando al mar esperando esperando que regresara un hombre.
Yo vengo de un pueblo de mar, de este que tanto siento; de El Campello, cuando todavía olía a sal y las barcas eran esperanza y también miedo.
De un pueblo pescador en tierras del moro, Larache, donde el Mediterráneo se encuentra con el Atlántico, y el mar de Hércules guarda secretos que solamente conocen los hombres que se atrevieron a desafiarlo.
Allí el hombre se hacía a la mar y la mujer, se quedaba, en tierra.
Y mientras él luchaba contra el oleaje, ella se convertia, sin quererlo, en matriarca.
Madre, padre, hija, esposa, cuidadora de sus mayores, guardiana de sus hijos y de una casa que nunca dormía.
Y esperaba.
Esperaba al hombre, esperaba noticias, esperaba que el mar tuviera misericordia. Porque algunas veces el hombre no regresaba y entonces volvía el luto.
Otro luto, y otro.
El mar grande, el Atlántico de Hércules, las aguas del Magreb, no siempre devolvían lo que se llevaban.
Y las mujeres aprendieron a llorar hacia adentro. Había que seguir.
Había que alimentar a los hijos, cuidar a los mayores, encender el fuego y pedir fiado en los comercios.
- Anotalo en la cuenta. Así mes tras mes.
El tendero conocía sus nombres, conocía sus casas, conocía sus penas. Y ellas anotaban la deuda en el corazón hasta que regresaban los hombres.
Entonces llegaban los dineros ganados con sal, frío y tormento. Se pagaba lo fiado y volvía a empezar la vida.
Mientras tanto, en las manos de otras mujeres crecían las redes. Nudo tras otro. Como si cada nudo fuera una manera de sujetar la vida. Otras bordaban, cosían, hacían ajustes, ganaban unas pesetas para que en su casa no faltara de nada.
También pescaban con las manos, aunque nunca se embarcarán.
Y el lobo de mar volvía a enfrentarse al Océano. Marea tras marea. Contra viento, contra frío, contra las noches interminables. Hasta llenar las bodegas con tesoros vivos de la mar.
Después Málaga. Allí se vendía el fruto de tantas horas y, al regreso Ceuta. La ciudad caballa. Un alto en camino, un repostar, un breve descanso antes de enfrentarse con el mar y con la vida.
Así se hizo el pueblo. No de grandes riquezas. De pequeños esfuerzos. De hombres que se jugaban la vida y mujeres que sostenían el mundo mientras ellos estaban fuera.
Quizá por eso se endurecieron los caracteres.
El hombre aprendió a no tener miedo porque el mar no perdonaba.
La mujer aprendió a no derrumbarse porque alguien tenía que mantener la casa en pie.
Y ambos sentimientos heridos en algún lugar profundo del corazón.
No hablaban mucho. No era costumbre. Entonces bastaba una mirada para decir lo que, dolía.
Y la plaza de la iglesia lo sabía todo. Habia visto nacimientos, despedidas, amores y entierros. Había visto pasar generaciones.
Y de vez en cuando ocurría un milagro…
La campana de la iglesia cambiaba su voz. No doblaba a muerto. Sonaba a fiesta, porque regresaban los hombres de la mar.
Entonces el pueblo se engalanaba. Las calles parecían respirar de nuevo.
La Virgen de los Desamparados, Santa Teresa, rodeadas de ofrendas florales y en la plaza la verbena. Música, luces y alegría.
Mujeres que durante meses habían aprendido a esperar volvían a sonreír. Y los niños corrían por las calles, porque aquella noche sus padres estaban en casa.
Quizá nadie se daba cuenta entonces de que aquella alegria había costado muchas lágrimas.
Hoy miro a mi pueblo y me pregunto:
¿ Donde quedaron aquellas historias ?
¿ Donde están las manos que tejieron redes?
¿ Quién recuerda al hombre que salió al mar y regresó con el cuerpo cansado y corazón lleno de dolor y silencios?
¿ Quién recuerda aquella mujer que compraba fiado y jamás dejó que sus hijos supieran cuánto miedo tenían ?
El tiempo pasa, las barcas se perdieron, los hijos de marcharon. El pueblo crece. Y aquello que parecía eterno se convierte en una fotografía.
Pero un pueblo que olvida a sus mayores olvida El camino que lo trajo hasta aquí.
Por eso hoy quiero preguntarles a los jóvenes: Deteneos un momento. Preguntad a vuestros abuelos. Preguntarles por el mar, por las redes, por los temporales, por los hombres que no regresaron, por las mujeres que esperaron.
Preguntarles cómo se levantó este pueblo cuando casi todo era esfuerzo y casi nada era seguro. Porque ellos son nuestra memoria.
Y quizá algún día, cuando sus voces se hayan apagado, comprendamos demasiado tarde que llevaban en sus palabras un tesoro mucho más grande que todos los que pudieron sacar del mar.
El tesoro de saber quiénes fuimos. Quienes fueron ellos. Y porqué nosotros estamos aquí.
Que no se pierda. Que no se borre. Que el mar siga contando historias a quien quiera escucharlas. Porque bajo cada calle de El Campello hay una historia. Bajo cada piedra una espera, y dentro de la campana todavía duerme el eco de aquel tiempo en que un pueblo entero contenia el aliento…hasta saber si aquella barca volvía a casa.
EL OMBLIGO DEL PUEBLO
Y también habían fiestas. Porque un pueblo de mar no podía vivir solamente de penas.
Llegaba la fiesta y la calle Mayor cambiaba el rostro.
Se soltaba la vaquilla y los valientes corrían delante, entre gritos, risas y algun que otro susto. Había carreras de cintas, pañuelos, jóvenes intentando demostrar su valor y muchachas mirando de reojo sin que pareciera que miraban.
Por la noche, la verbena. La música llebaba la plaza y los chicos se acercaban con aquel valor que solamente aparece cuando suena una canción.
¿ Bailas conmigo?
Y alguna muchacha, haciéndose la remilgada, contestaba:
- tengo al novio en la mar. Y quizá lo decía en serio. Porque en aquellos tiempos el mar también tenía novias.
Mujeres que aprendieron querer a a hombres que pertenecían un poco a la tierra y otro poco al Océano.
La plaza era el ombligo del pueblo. Allí estaba la vida: El Bar el Sant, el Bar Casimiro. Los comercios, las conversaaciones, las noticias que corrían más de prisa que cualquier periódico.
Allí se sabía quien había llegado, quien se había vuelto, quién se había ido, quien estaba enfermo, quién se había casado y qué barco todavía no aparecía en el horizonte.
La plaza escuchaba. La plaza veía. La plaza guardaba secretos que nunca llegaron a escribirse.
Y cuando caía la tarde y los hombres regresaban de la bahía, las puertas se abrían y el pueblo parecía respirar.
Quizá por eso digo que la plaza era el corazón. Y quizá me duela pensar que aquel mundo se vaya borrando. Porque no eran solamente bares, ni comercios, ni fiestas, ni carreras de cintas. Eran lugares donde una generación entera aprendió a vivir. Y nosotros, que heredamos sus calles, sus casas y sus apellidos, hemos heredado también la responsabilidad.
No dejar que sus historias se las lleve el viento.
Que alguien vuelva a contar cómo sonaba aquella plaza. Que alguien recuerde la voz de una muchacha diciendo: – Tengo el novio en la mar.
Y que, por un instante, El Campello vuelva a ser aquel pueblo donde la plaza era el ombligo del mundo. Y el mar su horizonte.
PD: Es largo el relato, pero más largo es el camino que me llevó a escribir ( puedo asegurar que más que lo ha hecho nadie) historias de El Campello. A pesar que estuve fuera algo más de una década. Aprendiendo a escribir en otros idiomas, incluido el mío propio. Algunos me felicitan, otros me critican y omiten manifestar un » me gusta», probablemente para que su nombre no aparezca. Sin embargo utilizo este medio porque todo queda en hemeroteca.