EXTRANJEROS – Remedios Climent

Creo que llamar «extranjero» a otra persona solo puede venir de quien nunca ha salido de casa.

En un huerto crecen las semillas que el hombre planta. Y también nosotros somos semillas viajeras: hombres y mujeres que a lo largo de los siglos hemos cruzado mares , montañas y fronteras, llevando con nosotros, nuestras historias, nuestras lenguas, nuestros miedos y nuestros sueños .

La piel cambia con los caminos, los rasgos cambian con los lugares, las lenguas se multiplican. Aprendimos a vivir bajo soles distintos y a protegernos de sus rayos, del frío, del desierto y de la noche.
Pero debajo de todas esas diferencias seguimos siendo lo
mismo: seres humanos.

Y si de esto hay que hablar, yo tengo derecho a hacerlo.

Vi sufrir a mi madre sin serlo. Y yo misma sigo siendo extranjera para mí propia gente. No lo porque viniera de fuera, como ella. Sino porque me crié durante un tiempo mas allá del Estrecho.

"Viniste de allá, de los moros"

Todavía hay quien me lo dice, aquí en mi propia tierra.
Y, sin embargo, cuando cruzo el charco, cuando vuelo lejos, me reciben como una hermana.

       "Esa es la diferencia "

Unos miran donde vives, otros miran quién eres.
Pero hay algo que me pregunto:

¿ Quienes son realmente los        extranjeros ?

Porque quizá extranjero no sea aquel que cruza una frontera buscando pan, libertad o un lugar donde vivir.

Quizá extranjero sea quien ha olvidado la humanidad que lleva dentro.

Los que aprietan un botón desde la distancia y convierten la vida de miles de personas en una coordinada sobre un mapa. Los que contemplan desde un despacho como un misil cae sobre el tablero de ajedrez que ellos han elegido. Los que ven pueblos enteros como obstáculos, territorios como premios y riquezas como botín.
Los que pueden mirar el sufrimiento de un niño y seguir hablando de poder.
Los que obligan a otros a huir de dictaduras, guerras y miserias, y luego les cierran las puertas cuando llegan buscando aquello que todos buscamos alguna vez: un poco de pan, un poco de dignidad, un poco de libertad.

Y también aquellos que no saben desprenderse, que alimentan viejos odios y quieren devolver al presente los nombres y simbolos de quienes sembraron muerte y division.

Esos si me parecen extranjeros.

No porque hayan nacido lejos. Sino porque se han alejado demasiado de lo humano.

Porque el verdadero extranjero, para mí, no es quien viene de otra tierra. Es quien deja de reconocer al otro como persona.

El que mira una vida y solo ve una cifra. El que mira una casa y solo ve un objetivo. El que mira una tierra y solo ve riqueza. El que mira una pueblo y solo ve obstáculos.

Ese es el verdadero exilio: vivir entre seres humanos y haber perdido la capacidad de sentirlos como iguales.

Yo no quiero un mundo donde tengamos que demostrar de dónde venimos para que nos quieran. Quiero un mundo donde podamos llegar con nuestra historia a cuestas y encontrar una mano tendida.

Porque nadie elije donde nace. Nadie elige el color de su piel. Nadie elige la tierra que lo vio nacer.

Y yo elijo creer que no hay extranjeros. Hay seres humanos que todavía no hemos aprendido a reconocernos como hermanos.

Porque al final, las fronteras estan dibujadas en los mapas. La humanidad, no.
Quizá por eso, cuando intento encontrar una respuesta, vuelvo 0 mirada hacia aquellos que, desde distintos caminos y en distintos tiempos, hablaron de lo mismo.

Jesús enseñó a amar al prójimo y devolver amor incluso frente al odio.
Buda hablo de compasión y de liberarnos del sufrimiento.
Maha Vira hizo de la no violencia un principio.
Lao Tsé n
os recordó el valor de la humildad y de la armonia.
Muhammad enseñó también la misericordia, la solidaridad y la responsabilidad hacía los demás.

Vinieron de lugares diferentes. Hablaron lenguas diferentes. Bivieron épocas diferentes y, sin embargo, sus enseñanzas vuelven una y otra vez a una misma verdad: el otro también es humano.

Quizá ese sea el mensaje que más necesitamos recordar.

No somos extranjeros por nacer al otro lado de una frontera. No somos superiores por tener un color de piel, una bandera o una lengua diferente.

Porque si tantos hombres sabios deficaron sus vidas a hablarnos de amor, compasión, misericordia y paz, quizá sea porque, en el fondo, todos sabían lo mismo: que ninguna frontera es más grande que nuestra humanidad. Y que, mientras sigamos siendo capaces de reconocer al otro en nosotros mismos, nadie será extrangero.

Solo los seres humanos caminando juntos por la misma tierra.

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