
Hay encuentros que nos devuelven, por unas horas, a una de las etapas más entrañables de nuestra vida: la infancia y la adolescencia. Así fue la semana pasada la ‘quedada’ de antiguos alumnos y alumnas del colegio Rafael Altamira de El Campello, nacidos en los años 1960, 1961 y 1962, que compartieron aulas, pupitres, juegos y vivencias durante el curso 1973-74, cuando apenas comenzaban a descubrir el mundo y la vida todavía parecía un camino lleno de posibilidades. Fue el año de inauguración del centro educativo más antiguo de El Campello, que ha superado los 50 años de existencia, matriculados en sexto curso de Educación general Básico (EGB)
Aquellos niños y niñas de entonces, con sus ilusiones, sus inquietudes y sus pequeñas aventuras cotidianas, se han reencontrado con la emoción de quien vuelve a abrir un álbum de fotografías que el tiempo nunca ha conseguido borrar.
Durante el encuentro, al que acudieron 30 personas, los recuerdos surgieron de manera espontánea, entre sonrisas, anécdotas y alguna que otra sorpresa. Los nombres de antiguos compañeros, las travesuras, los profesores, las clases y aquellos momentos que en su día parecían insignificantes recuperaron todo su valor al ser compartidos tantos años después.
Han pasado más de cinco décadas desde aquellos años, y cada cual ha construido su propia historia, con alegrías, dificultades, proyectos cumplidos y nuevos retos. Sin embargo, al reencontrarse, las distancias parecen acortarse y el tiempo pierde parte de su poder. Por un momento, volvieron a ser aquellos muchachos y muchachas que compartieron una etapa fundamental de sus vidas en el Rafael Altamira.
Y es precisamente ahí donde reside la magia de estas reuniones: descubrir que los vínculos creados en aquellos años siguen vivos, que todavía hay historias que contar y que una mirada cómplice o una carcajada compartida pueden despertar sentimientos que creíamos olvidados.
Mantener el contacto tantos años después es un regalo que merece la pena cuidar. Estas quedadas no solo sirven para recordar el pasado, sino también para celebrar el presente y fortalecer la amistad.
Por las aulas del colegio Rafael Altamira han pasado miles de alumnos a lo largo de su historia. La nostalgia, el cariño y las ganas de seguir compartiendo reunió a un grupo de ellos y ellas. Los años pasan, pero los buenos recuerdos y la amistad perduran, aunque yo no se resida en el pueblo, como era el caso de tres de los asistentes, llegados de Agost y Aigües.