Los buitres, la gran ramera y las mujeres que sabemos enhebrar la aguja – Remedios Climent

Foto propia pero adaptada – Remedios Climent

Hay dolores que no admiten oportunismos. Tragedias ante las que hasta las palabras deberían quitarse los zapatos, entrar de puntillas y guardar silencio. Momentos en los que la dignidad humana exige algo tan elemental como acompañar el duelo, respetar a las víctimas y dejar que el dolor respire.

Pero no. En este país, ni siquiera una tragedia parece librarse de los carroñeros de la política.

Estoy cabreada. Muy cabreada. Y herida. Herida por las víctimas del accidente ferroviario, por sus familias, por esa fragilidad brutal que nos recuerda que la vida puede quebrarse en un instante. Y también estoy indignada al contemplar cómo algunos convierten el dolor ajeno en un arma arrojadiza, cómo afilan sus discursos mientras otros todavía intentan comprender la magnitud de la desgracia.

El PP y Vox parecen haber encontrado en la tragedia un nuevo escenario para su particular representación. Que se investigue, que se esclarezca, que se depuren todas las responsabilidades que correspondan. Por supuesto. Faltaría más. Las víctimas merecen verdad, justicia y respeto. Pero una cosa es exigir responsabilidades y otra, muy distinta, es lanzarse sobre el sufrimiento colectivo como quien descubre una presa herida.

Porque una cosa es fiscalizar al Gobierno y otra es alimentarse de la desgracia ajena.

A eso, en mi pueblo, se le llama aprovecharse del muerto. Y no hay corbata, escaño ni micrófono que lo convierta en decencia.

Los buitres sobrevuelan la montaña esperando su momento. No necesitan provocar la muerte para sacar provecho de ella; les basta con detectar la herida, esperar a que se abra y lanzarse en picado. Después se envuelven en la bandera, se colocan ante las cámaras y se presentan como salvadores de una patria que parece importarles mucho más cuando puede convertirse en instrumento de poder.

Y una se pregunta: ¿de verdad creen que no nos damos cuenta?

Cuando el dolor exige respeto, hay quien ni siquiera parece capaz de concederle un minuto de silencio sin convertirlo en un gesto de confrontación. El comportamiento de Santiago Abascal durante un acto de homenaje, si se interpreta como una falta de respeto al minuto de silencio, merece ser cuestionado por lo que representa: la incapacidad de poner a las víctimas por delante de la batalla política.

La patria no es un eslogan. La patria son las personas. Las que viajan en tren, las que esperan una llamada, las que reciben una noticia que les parte la vida en dos. Las que no tienen asesores de comunicación ni tribunas desde las que convertir su desgracia en munición electoral.

Y mientras tanto, la maquinaria de la desacreditación sigue girando. Se exige la dimisión de Óscar Puente, se apunta a Pedro Sánchez, se señala a Fernando Grande-Marlaska y se reclaman cabezas políticas con una urgencia que contrasta con la indulgencia que tantas veces acompaña a los errores propios.

¿Responsabilidades? Todas las que correspondan. Sin excepciones. Sin escudos partidistas. Sin privilegios. Pero que nadie pretenda vendernos una justicia selectiva en la que el adversario es culpable antes de que concluyan las investigaciones y los propios siempre encuentran una puerta de salida.

Porque aquí la memoria política parece funcionar con un mecanismo bastante curioso: extraordinariamente precisa para recordar los errores ajenos y prodigiosamente olvidadiza cuando toca repasar los propios.

Y entonces aparece el Partido Popular, reclamando dimisiones con la solemnidad de quien acaba de descubrir la existencia de la ética pública. ¡Qué prodigio! ¡Qué repentina preocupación por la responsabilidad política!

Una casi espera que, después de exigir explicaciones a los demás, saque de la estantería aquel tocho interminable de su historia de corrupción, lo abra por cualquier página y comience a leerlo en voz alta. Desde la primera hasta la última. Sin saltarse capítulos, sin perder las páginas incómodas y sin alegar que no recuerda quiénes eran aquellos protagonistas.

Porque el problema no es solamente lo que se hizo. También es la facilidad con la que algunos pretenden pasar página sin haber terminado de leerla.

La corrupción no desaparece porque se cambie de discurso, se renueve una dirección o se pronuncie la palabra España con la mano sobre el pecho. Tampoco se borra con una bandera, por grande que sea, ni con una campaña de comunicación diseñada para que el público mire hacia otro lado.

La decencia no se proclama: se demuestra.

Y, hablando de memoria, ¿cuándo veremos la misma contundencia ante las responsabilidades políticas por las muertes de personas mayores en las residencias madrileñas durante la pandemia? ¿Cuándo se ofrecerán todas las explicaciones que siguen reclamando las familias? ¿Cuándo se exigirán responsabilidades políticas claras por la gestión de la DANA que devastó Valencia y por la actuación de Carlos Mazón?

¿Dónde estaban entonces las prisas por exigir dimisiones? ¿Dónde esa indignación atronadora? ¿Dónde los discursos incendiarios y las exigencias de ejemplaridad?

No quiero una justicia de trincheras. Quiero una justicia que no se arrodille ante ningún color político. Pero tampoco voy a aceptar que quienes piden cabezas ajenas se pongan de pronto una venda sobre los ojos cuando la responsabilidad llama a su propia puerta.

Y entonces llega José María Aznar con su célebre «el que pueda hacer que haga».

Una frase que, en el clima político actual, resuena como una invitación a la movilización sin límites claros, a la presión permanente, a que cada cual interprete hasta dónde debe llegar. ¿Qué significa exactamente hacer? ¿Construir, dialogar, proponer, fiscalizar? ¿O desgastar, hostigar y dinamitar la convivencia hasta que no quede piedra sobre piedra?

Porque, si la política se convierte en una guerra en la que todo vale, el país deja de ser el objetivo común y se transforma en el campo de batalla de quienes aspiran a conquistarlo.

Y aún resuenan aquellas palabras atribuidas a Cristóbal Montoro: «Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros».

Qué manera tan miserable de entender lo común, si esa es la lógica que guía una estrategia política. Como si España fuera una casa que puede dejarse arder para después presentarse con un cubo de agua, reclamar las llaves y hacerse una fotografía entre las cenizas.

¿De verdad hay quien confunde la destrucción del adversario con la salvación del país?

Y mientras unos agitan el incendio, otros acuden a buscar amparo bajo las alas de los poderosos. Ahí están Donald Trump y Benjamin Netanyahu, convertidos en referentes o aliados políticos de determinados dirigentes de la derecha, pese a las profundas controversias que suscitan sus políticas y actuaciones.

Y detrás de esos abrazos, de esas afinidades y de esos intereses, yo veo la sombra de una vieja figura: la gran ramera que los acuna.

Sí, la gran ramera.

No hablo de una mujer de carne y hueso, sino de esa imagen antigua y terrible del poder que seduce, compra voluntades, bendice a sus favoritos y les ofrece cobijo mientras le sean útiles. La gran ramera que extiende sus alas sobre los poderosos, les susurra al oído que todo está permitido y les hace creer que la fuerza está por encima de la justicia, que el dinero compra el silencio y que la impunidad es un derecho reservado a quienes mandan.

Una madre protectora de intereses, una nodriza de ambiciones, un vientre oscuro donde se alimentan los pactos de conveniencia. Los acuna, los alimenta y los devuelve al mundo convencidos de que son invulnerables.

Y ellos se dejan acunar.

Luego salen a hablarnos de moral, de familia, de patria, de libertad y de valores. Pero ¿qué valor tiene un discurso sobre la dignidad humana cuando se vuelve selectivo? ¿Dónde queda la defensa de los derechos humanos cuando incomoda al aliado? ¿Qué clase de libertad se proclama cuando se desprecia la del que piensa diferente?

La coherencia, señores, también debería cotizar en política. Aunque sospecho que algunos llevan años intentando sacarla del mercado.

Y en medio de todo este ruido aparecen los personajes que han convertido la provocación en oficio, el insulto en espectáculo y la agitación del odio en una forma de ganarse la vida. Vito Quiles y tantos otros exponentes de esa política convertida en permanente provocación nos obligan a preguntarnos en qué momento confundimos el periodismo con el hostigamiento, la información con el espectáculo y la libertad de expresión con la licencia para alimentar la confrontación.

Remover el odio es fácil. Lo difícil es apagarlo después.

Y no quiero dejar fuera a Isabel Díaz Ayuso, porque tampoco entiendo esa extraordinaria capacidad de algunos para exigir responsabilidades a todo el mundo mientras se rodean de un silencio protector cuando las preguntas apuntan hacia ellos. Las controversias sobre su entorno, su vivienda y los gastos que se han atribuido a distintas operaciones merecen explicaciones transparentes y verificables. Si hay indicios de irregularidad, que se investiguen; si hay responsabilidades, que se exijan. Y si no las hay, que se aclare. Pero que no nos pidan a los ciudadanos una fe ciega en quienes deberían rendirnos cuentas.

Porque el dinero público no es propiedad de ningún partido. Es el esfuerzo de la gente. De quienes madrugan, pagan impuestos, cuidan de sus mayores y hacen malabares para llegar a fin de mes.

Y ya está bien de que nos pidan sacrificios mientras algunos parecen considerar la rendición de cuentas una descortesía.

Las mujeres de mi generación sabemos algo de todo esto.

Aprendimos a coser. A bordar. A preparar un ajuar puntada a puntada, con paciencia, con los dedos doloridos y la vista cansada. Aprendimos que un hilo mal colocado puede echar a perder una labor, que los nudos no desaparecen por esconderlos debajo de la tela y que hay remiendos que, por mucho que se adornen, siguen siendo remiendos.

Pero también aprendimos a enhebrar la aguja.

Y quien ha enhebrado una aguja miles de veces sabe que no basta con mirar de lejos: hay que acercar el ojo, distinguir el hilo, reconocer su grosor y comprobar por dónde pretende pasar. Hemos vivido lo suficiente para saber que no todo lo que brilla es oro, que no todo el que se envuelve en la bandera ama a su país y que no todo el que grita más alto tiene razón.

Nos llaman de muchas maneras. Nos creen cansadas, distraídas, fáciles de convencer. Tal vez piensen que basta con repetir una mentira hasta convertirla en consigna, que basta con sembrar miedo para recoger obediencia.

Pero nuestra intuición no nació ayer. Se ha ido tejiendo con los años, con las decepciones, con las promesas incumplidas y con la experiencia de haber visto demasiadas veces cómo algunos cambian de principios según sople el viento.

La intuición nos llega gratis, sí. Pero la experiencia nos ha costado una vida entera.

A nosotras ya no nos engañan tan fácilmente.

Sabemos reconocer el hilo de la hipocresía aunque venga bordado en oro.

Y por eso me pregunto: ¿a quién quieren engañar?

¿A quienes hemos visto demasiadas promesas deshacerse como telas baratas? ¿A quienes sabemos que la decencia no se proclama, sino que se demuestra? ¿A quienes no necesitamos que ningún político nos explique que las víctimas merecen respeto, porque el respeto debería ser el mínimo común denominador de cualquier persona que aspire a representarnos?

Los buitres pueden seguir sobrevolando la montaña. Pueden afilar sus discursos, convocar ruedas de prensa, exigir dimisiones y anunciar catástrofes nacionales cada vez que encuentran una grieta por la que introducir el dedo. Pueden confundir el ruido con el liderazgo y la destrucción del adversario con una victoria.

Pero que no olviden una cosa: las montañas también tienen memoria.

Y quienes las habitamos hemos aprendido a distinguir entre el vuelo majestuoso de un águila y el círculo insistente de quien espera que algo muera para alimentarse de sus restos.

Hoy no quiero que nadie utilice a las víctimas. Quiero verdad, justicia, reparación y responsabilidades, todas las que correspondan. Quiero que ninguna familia tenga que soportar, además de su pérdida, la obscenidad de ver cómo su dolor se convierte en una herramienta de propaganda.

Y quiero, sobre todo, que recuperemos una política que no necesite que España fracase para imaginar su propia victoria.

Porque un país no se levanta sobre las ruinas que otros celebran.

Se levanta con verdad, con memoria, con responsabilidad y con humanidad.

Y a quienes creen que pueden seguir engañándonos, les diré algo: las mujeres que aprendimos a bordar también sabemos deshacer puntadas. Sabemos tirar del hilo hasta descubrir dónde empieza el engaño, quién lo ha cosido y qué esconden debajo del bordado.

No necesitamos que nadie nos enseñe a mirar.

Ya hemos vivido bastante.

Y cuando una mujer de mi generación enhebra la aguja, no lo hace para quedarse mirando el hilo.

Lo hace porque todavía tiene mucho que coser, mucho que decir y ninguna intención de callarse.

Lo demás, señores, es carroña.

PDT: Mis disculpas por alargar mi narrativa. Yo, sin embargo, creo que me quedo corta.

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