¿Tiramos el voto a la basura? – Ángel Sánchez

La izquierda que se llama a sí misma alternativa o transformadora repite cada cierto tiempo el mismo gesto: presentarse en circunscripciones de dos a cinco escaños con listas propias, sabiendo de antemano que la aritmética dejará fuera a casi todas. En provincias pequeñas el umbral real no es el tres ni el cinco por ciento. Con dos escaños hace falta algo más de un tercio de los votos para conseguir uno, y con cinco se ronda el dieciséis o diecisiete por ciento. Esto no es un matiz técnico. Es una regla conocida desde hace décadas, y quien la ignora o la desprecia no es víctima del sistema sino copartícipe de su resultado.

En 1935, Georgi Dimitrov advirtió en el VII Congreso de la Internacional Comunista de que el fascismo había llegado al poder aprovechando la división de quienes debían combatirlo. Su diagnóstico no era un sermón de unidad por la unidad; era una constatación sobre cómo se pierde una batalla que se podía ganar. Un año antes, en marzo de 1933, el NSDAP obtuvo cerca del 44 por ciento de los votos en Alemania, mientras socialdemócratas y comunistas sumaban casi un tercio del electorado y se miraban con más desconfianza que a los nazis. Esa división no fue un error de matiz, de nuevo fue el campo abonado donde creció lo que vino después.

Pero hace tres años tenemos una lección más cercana. En las municipales de 2023 en Huesca, casi un 18 por ciento de los votos de la izquierda se repartió entre cuatro siglas que no alcanzaron representación por la barrera del cinco por ciento. Ese voto no sirvió para nada: no eligió concejales, no impidió nada y no construyó nada. Lo que sí hizo fue facilitar que otras fuerzas gobernaran con menos oposición real de la que habría existido con una candidatura sumada.

Por eso la pregunta es inevitable y conviene hacerla sin rodeos: ¿quiere la izquierda llamada alternativa o transformadora que la ultraderecha llegue al gobierno de la mano de la derecha? Si la respuesta es no, la aritmética exige otra conducta. Si la respuesta es sí, al menos que se diga con claridad, porque lo que se está haciendo en la práctica es eso: presentarse sin posibilidad de escaño en las circunscripciones pequeñas no es una forma de pureza, es una forma de entregar los votos a quien menos los necesita, y de hacerlo en nombre de una clase trabajadora que, al final, es la que paga la factura de cada cuatro años de fragmentación.

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